No eran aún las nueve de la noche, la hora de las cenas, cuando me sentía prisionero de las cuatro paredes que me rodeaban. No es que estuviera mal, pues mola un montón este trabajo, pero un póster arrugado de un fabuloso paisaje entre el cristal de la "ventana" y el muro de la pared, era lo único que me unía con la naturaleza. ¡Qué ganas tengo que se abra la parte nueva del Refugio! A partir de dicho día, ya no veré una simple foto representando la naturaleza, podré elegir entre admirar el Alto del Ventisquero o la Loma de San Pablo. Mientras tanto, a fastidiarse.
Pero, como no soy persona que se conforme con sólo olfatear la montaña, me dije a mi mismo, que después de fregar todos los cacharros de la cena marcharía a dar una vuelta por la cima del Javalambre. Sin embargo, antes de lo previsto tomé esa decisión, pues si así lo hacía, tendría tres compañeros desde aquí mismo: del club Trepa de Castellón y dos más desde las pistas de esquí. A la vuelta terminaría mi trabajo.
A las doce y cuarto de la noche nos poníamos en marcha. Primero en busca de las pistas de esquí por el tajo más corto, pues habíamos quedado como muy tarde a la una de la madrugada y, después de recoger a nuestros nuevos compañeros por el tramo más sencillo: la carretera que asciende al pico que, aunque se supone que este tipo de terrenos no alberga ningún tipo de dificultades, según que climatología haga, puede poner en aprietos a más de uno. Nosotros pasamos sin apenas ellos. No obstante, no nos salvamos de tener algún resbalón y de sentir un "ligero fresquito" haya por donde nuestra ropa dejaba una puerta para el viento.
En el alto, protegidos por el pequeño monumento que hay, nos pusimos todo lo que llevábamos encima: chaqueta de gore, gafas de ventisca, etc.. y nos hicimos las fotos. Eso sí, sin separarnos mucho del pilón, ya que el fortísimo viento no nos dejaba mantener el pulso para la ocasión. Las medidas aproximadas eran: rachas cercanas a los 110 Km y una temperatura de -10º C.
Foto y para abajo, en busca del vehículo especial de nuestros dos últimos compañeros, con el aliciente sumado de que dicho viento nos acompañaría todo el rato en contra.
El resto del descenso, por el corta fuegos que ascendimos, fue rápido, menos de 25 minutos. Despedidas de felices sueños para algunos y retorno al trabajo para otro.
Finalmente me fui a la cama a las 6 de la madrugada, pero con una sonrisa de lado a lado por conseguir mi deseo de estar en contacto más directo con la naturaleza que me rodea.
Una aventurilla para repetir.
Texto y fotos: Tomás Serra Moreno
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