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Llevo muchos días haciendo largos para preparme la VII subida a Javalambre: sólo son 105 Km en 24 H. ¡Na! Y por eso, no paro de alargas los pasos cada vez más. Pero me olvidaba de lo que más me gusta: subir y subir, y contra más agresiva la ascensión mejor, por eso me siento un poco raro...

Dentro de esa rareza, hoy, hasta el momento de tomar la carretera que sube hacia Segorbe a las 3 de la madrugada del domingo 8 para acercarnos a la Cueva Santa, es una mañana tonta. Tengo dudas, de si quedarme delante del ordenador y dejar pasar las horas para relajar mi cuerpo o anudarme las zapatillas y correr monte arriba.

La suerte o la desdicha me acompañan al vivir a escasos 100 m. de la montaña. Tomo la segunda iniciativa y por la C/ Peñalba (en la población de Vall d'Uixó) me dirijo a chafar suelo marrón de una pista que se encauza hacia el Barranco de Aigüalit.

Los pasos son tranquilos, pensando siempre que las salidas hay que hacerlas a ritmo de viejecito para llegar como un joven. Al momento, dejo la pista y me integro por el sendero que recorre el barranco. Mis pies buscan el equilibrio entre sus piedras, mientras mi can, no hace más que divertirse entre ellas y las charcas que pasamos. Al llegar a una piedra que yace dentro del mismo y ocupa un gran espacio, me desvío hacia la izquierda, entre unos juncos, tomando la primera subida del recorrido; Es un camino viejo, de estos que se nota que los más antiguos del lugar se dejaron los riñones en él. Asciende poco a poco. Formando herraduras, hasta alcanzar una altura suficiente para seguir adentrándose por el barranco. No como otros senderos abiertos por cabras y "motoristas" que pueden dar a equívocos. Pero sin problemas, todos llegan al mismo sitio.

Ya en el llano, el trote se impone. A mi izquierda se encuentra una antigua acequia, que no estaría de más que la recuperaran, y, que me acompañará hasta la unión del sendero con el barranco, punto donde vuelve a ser algo ascendente. De nuevo, al girar una curva a derechas, el camino se parte en dos: uno por el barranco y el otro por donde los "motoristas" (100 m más allá otra vez se juntan), tomo el último, pues a pocos metros está el embrujo de esta "excursión": una rampa, que puede quitar el hipo a cualquiera. Me preparo para ascenderla aminorando el ritmo. Entre los pinos, y a la izquierda, casi se puede advertir lo empinada que es, pero las impresiones son pobres, porque a escasos 40 m. el desnivel hace que mis zapatillas vayan hacia atrás. El sol, que se cuela por todos los lados, me achicharra. Las gotas de sudor me inundan. Y los gemelos me recuerdan que no tenía que haberlo intentado. ¡Es una locura! ¡Pero sin retorno!, porque la bajada me hace sufrir mucho más. 50 m. y ya estaré arriba, sólo me quedará lo más empinado. Y aunque no llevo el pulsómetro, adivino que debo rozar las 180 pulsaciones.

Justo bajo de una pared, fin del esfuerzo. Aquí hay que coger dirección Sur. O lo que es lo mismo, hacia la izquierda. Ahora, sólo queda seguir uno de los muchos senderos que han abierto a su paso el ganado de ovejas que viene por estas latitudes. Su avance por ellos no aporta ninguna dificultad, a parte de ir un poco ladeados. 300 m. más en adelante, vuelve a unirse con la pista forestal que cogí al principio.

Vuelvo a tener dudas. Si me dirijo hacia abajo, en escasos 1 Km. me encuentro de nuevo en mi casa. Si sigo hacia arriba, todavía puedo hacer otra locura más: ascender hasta la cresta de Sumet. Así que, a buscar la cota 480.

Como me he recuperado, troto hasta alcanzar el punto más alto de la pista, luego sigo por la pista principal; a la derecha sale una hacia una magnífica "caseta" y a la izquierda salen dos: en la primera hay un aljibe con suficiente agua para refrescar a un camello. En un continuo falso llano, llego hasta donde rompe definitivamente hacia abajo. Aquí giro hacia la derecha y me dirijo hacia otra caseta, ésta mucho más pequeña. El camino vuelve a subir, pero no lo suficiente, hasta abandonarlo en su primera curva por su banda izquierda. Esto ya es serio, y el trote deja paso a mis manos para cogerme de los romeros para ascender mejor. Un paso, tras otro, voy superando cada escalón natural que se halla ante mi. Arriba, el sonido del viento, se entremezcla con las sensaciones que me inundaban antes de la salida. Ahora, mientras disfruto de este paisaje, lo veo todo más claro. ¡He acertado en mi decisión en no quedarme delante del ordenador!

Para volver, sólo me dejo caer por el mismo sitio que he ascendido, pero sin abandonar la pista hasta la población de la Vall d'Uixó.

Texto: Tomás Serra

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