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Amanecer
desde el saco de dormir
Llevaba
20.000 ptas. encima y unas órdenes que cumplir: comprar un saco
de dormir y una mochila a un amigo. Difícil encargo. Pues son artículos
un tanto personales, y si fallas en la elección, puede que ya no
te miren a la cara.
Recorrí varias tiendas de Benasque y encontré
cosas muy buenas, tanto, que si hubiese sido para mi ya estarían
en mi poder, pero no eran lo que él me pidió, así
,que me centré a buscar sólo lo que me encargaron,
en especial el saco, que debía ser de reducidas dimensiones plegado
y tamaño suficiente como para "meter" (no mal penséis) a
una persona de 1'90 cm. Y no lo encontré. Me comentaron que debía
dirigirse a las propios fabricantes, ya que de haberlos los hay, pero
al ser medidas especiales mejor hablar con ellos.
Tres semanas más tarde, ya en Castellón,
nos dirigimos a un hipermercado del deportista " " (el de las veinte mil
y yo) con la misma idea, y sin ver nada mejor que en las anteriores, salió
de allí con una mochila (buena por cierto) y un saco bajo el brazo.
Al día siguiente nos fuimos a estrenarlo...
....El viento soplaba con tanta furia que arrastraba incluso los
rayos del sol. Éstos, a su paso por todos los rincones del cielo,
iban regalando a las nubes un tono rojizo impresionante.
Fantástico. Sí, pero este hecho nos hacía
pensar lo peor. La noche se presentaba dura y no sabíamos si el
colega que habíamos quedado con él en el alto del Peñagolosa
de las 20 a las 22:00 h. estaría allí. Debía ser
así, pues la palabra es la palabra por muy mal tiempo que haga,
pero ante tales vendavales no sabíamos que pensar.
Por si había optado por refugiarse en San Juan
de Peñagolosa, hicimos un alto en el camino. Mi compañero,
(estoy seguro) habría pagado porque estuviera aquí y dejar
la prueba de su "cama" para otra ocasión. Pero no fue así.
Una vez comprobado que Esteban era un hombre de palabra, pues estaba su
coche y él no, partimos en su busca.
Mientras ascendíamos por el P.R. pronto empezamos
a comprobar cómo el viento y el frío habían hecho
un pacto, atiborrándonos rápidamente de casi todas nuestras
prendas de abrigo. Un momento después dimos con nuestro amigo. Deliberamos
un poco sobre si ascendíamos o no y para arriba.
Mientras el sonido del viento casi no dejaba oirnos
entre nosotros, la luna llena nos alumbraba mejor que nuestras linternas,
apagándolas nada más descubrirlo.
Como el viento cada vez era más fuerte, para
cenar, tomamos precauciones, refugiándonos en una cabaña
a mitad del camino. Una hora después emprendimos nuevamente el
camino, llegando al alto cerca de media noche, resguardándonos
del vendaval junto a la pared de la caseta del guarda.
El suelo, tapizado por rocas, no era lo más
deseoso para tumbarse. Esteban como tenía el mejor equipo de todos,
se subió al techo del refugio, para dormir lo más plano
posible. Nacho, mi perro y yo, no pudimos hacer otra cosa que arrimarnos
lo máximo a la pared de dicha edificación para evitar en
lo posible el ímpetu del viento.
Tres horas más tarde, el perro nos advirtió
que no estábamos solos con unos fuertes ladridos ¿Quién
podría ser a esas horas? ¿Sería un espectro? ¿O
el mismo viento convertido en diablo? No, sólo era Esteban, que
arto de
ser zarandeado, decidió bajarse a la cabaña donde habíamos
cenado.
Nos preguntó si le acompañábamos,
pero casi sin contestarle, nos enroscamos en nuestro cobijo, no sin antes
enrrollarme la chaqueta en los pies y colocarme el forro polar, e intentamos
seguir con nuestros sueños, que no eran otros que continuas pesadillas
de que nos caíamos al precipicio de unos 200 m. que se hallaba
a escasos 5 metros.
El despertador biológico sonó puntual
y antes de que me diera los primeros rayos del sol y se congelasen mis
manos (por tercera vez) saque unas instantáneas de este marco tan
singular. Luego a regar el suelo, tanto yo como mi perro.
Por
ser el primero que se levantó, descubrí que mi compañero,
Nacho, no lo había pasado mejor que yo, a pesar de su flamante
saco. El pobre, estaba enrollado con toda la ropa que tenía, además
de una manta de salvamento. Aún así, tenía continuos
escalofríos. Y era normal, ya que dicho saco le venía pequeño.
En fin, que quien se lo vendió quería endosárselo
como fuere, aún a costa de que su cliente se lo pase mal.
Después de desayunar los tres juntos en la cabaña
donde se encontraba Esteban, marchamos a las zonas más bajas en
busca de mejores temperaturas, luego un suave paseo por el G.R. 7 dirección
a Vistabella, adelantó el reloj hasta media tarde, momento en que
cada uno nos despedimos.
Ya sabes, antes de comprar material de montaña, asesórate
por tiendas especializadas... si no puedes tener un estreno fatal...
Texto
y fotos: Tomás Serra
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