EXPERIENCIAS

Alfondeguilla - Javalambre en 24 H.

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Indice de experiencias

 

 

Sin ser un día festivo, en la C/ Mayor a la altura del bar de las Cholinas, a las 21:00 h. transeúntes y vecindario se volcaban a ver que se acontecía, pues no era normal que, a esas horas, ya entrada la noche, hubiese concentrado un cierto número de "personajes" con mochilas y linternas en la cabeza: 9 andariegos y 4 colaboradores (que irían con los coches de apoyo), para ser exactos.

La sirena de la suite (la furgoneta de Coronado) sonaba sin descanso para crear un poco más de ambiente; los nervios de los participantes afloraban sin ninguna vergüenza, dando lugar a que estos no pudieran estar quietos, a pesar que sabían que todo desgaste en vano más tarde lo podrían pagar, porque como decían los veteranos de la marcha: Javalambre no es una prueba de velocidad; la gente es como la fruta, va madurando poco a poco hasta que cae.

Siete minutos más tarde, los nueve participantes enfilaron la comarcal 225 dirección Segorbe. El ritmo de la marcha, como en las anteriores ediciones era trepidoso. Sin embargo, nadie se quejaba; todos sabían que si querían sacar un promedio total de unos 6 Km/h. no se debían "dormir en los laureles".

Culminada la primera dificultad, el collado del Marianet, el paso decreció un poco, ¡pero sólo un poco! porque aquel que se detenía para hacer sus necesidades fisiológicas debía de correr durante un buen rato para alcanzar al grupo.

Con este alegre andar, en un plis plas, se llegó a la siguiente población: Azuebar. En ella, la gente que se agolpaba en las terrazas de los bares, no daban crédito a los ojos y, mucho menos a los oídos, cuando algunos de los caminantes soltaba al aire el itinerario.

El carismático hombre del paraguas, a pesar de los consejos de los más avispados en el mundo de las largas marchas seguía en sus "trece" , e iba a "tope", sin guardar nada de fuerzas para afrontar a partir del ecuador de la prueba los kilómetros más "duros"... Otros, haciendo caso omiso de las mismas recomendaciones se unieron al zarandeo de sus caderas que con el ininterrumpido "baile" querían aprovechar al máximo la zancada; los "mayores" por su parte, siguieron el ritmo que les dictaba su "experiencia" ignorando por completo la vivez de éstos y la fuerza que sus piernas aún albergaban, máxime sabiendo que como mucho al próximo avituallamiento se volverían a ver y, así fue...

...Las 02:15 h. tocaban a puertas de Segorbe y al igual que la puntualidad del reloj, allí estaba la Suite y el Patrol esperando a los senderistas, que por cierto, con 32 Km. a la espalda aún no habían hecho honor a su apelativo al transitar prácticamente todo el tiempo por asfalto, gratificando este uniforme suelo a los menos entrenados, con unas insignificantes ampollas que, más en adelante, seguramente les pasarían factura... Litros de zumo, horchata, limón, bebidas isotónicas y otras sustancias líquidas, en un abrir y cerrar de ojos, fueron de sus recipientes a los estómagos de los participantes y eso que nadie tenía sensación de calor; más bien todo lo contrario, pero el miedo a la deshidratación y al desmayo por falta de alimento, hicieron que alguno devorara todo cuanto cayese en sus manos.

Tres cuartos de hora más tarde, todavía algunos con un trozo de fruta o bocadillo en las manos, al no poder ingerirlos durante el descanso, se inició la andadura camino de Navajas, y para desgracia de unos pocos, otra vez por asfalto...

...Los primeros kilómetros, en especial por dentro de la población Segorbina transcurrieron tranquilos al pretender calentar los músculos lentamente para que no reventasen, además de disfrutar por un momento de la pesada digestión. Dejada atrás la villa de Navajas, el paso a paso de dos de los participantes se aligeró, hasta el punto de poner en fila india al resto: arriba del puerto de la Esperanza éstos como regalo por llegar los primeros, recibieron el libro de reclamaciones por haber apretado en demasía la marcha. Los siguientes kilómetros, al avanzar por la carretera nacional, se hicieron todos en grupo para así formar un convoy de luces y de esta manera evitar ser aplastado por alguno de los numerosos camiones que circulan a esas horas, que dicho sea de paso más de uno les obsequió simpáticos pitidos...

En un bar de carretera, a poca distancia de Jérica, se formalizó el siguiente descanso y llenado de los depósitos. No había mucha hambre, ni tan poco mucho cansancio, pero vino bien parar sobre todo por evacuar los excesivos líquidos que los organismos digirieron en el anterior descanso sin que para ello tuvieran que recuperar el tiempo perdido.

Con el saludo de la policía de tráfico que se quedó perpleja unos instantes antes, reanudaron su andar. Jérica estaba de fiesta; por sus callejuelas la gente (a cientos) se dirvetía cantando y bailando. Había ganas de quedarse allí, y si no hubiera sido por que alguno tenía en la cabeza Javalambre como meta, los más magullados se habrían liberado del dolor de las ampollas, aunque sea mientras durase las danzas,.

Las rampas más duras de la carretera Sagunto-Zaragoza hicieron dudar constantemente si los pies dejarían de chafar alquitrán algún día, dando origen a que más de uno se rebelara... Por suerte, unos momentos antes de que todos se pusieran hacer plegarias llegaron al lugar deseado, las Masías del Ragudo, donde a partir de este punto caminarían por encima del ansiado color marrón después de vaciar parte del bar portátil.

Eran las 5:00 h. y llevaban más de 20 minutos parados al lado de la "suite". Sobre estar tiesos por la rasca que hacía, ninguno tenía prisa por despegar el trasero del suelo; unos porque querían curarse las ampollas; otros por llenar el buche de cualquier clase de alimento; algunos simplemente por descansar; y, los más fuertes por el "ambientillo".

De camino, uno de los participantes optó por "echarse" en el vehículo de apoyo, pues sus pies dejaron de ser lo hacía horas y ¡menos mal que tomó tal determinación! pues los siguientes 13 Km. tardaron casi 4 h. en recórrelos: perdieron el buen rumbo, y es que, desde la pasada edición, el 96, nadie había transitado por aquí. -"Qué no te das cuenta que esto que estamos subiendo es una montaña y qué por ahí es imposible qué pase un tren ". - "Sí, pero la vía del tren está en esa dirección..." . Ya en la antigua vía del tren minero Sagunto-Ojos Negros: -"Hay que seguir hacia nuestra izquierda". -"¡No, de eso nada! ¡No ves que nos vamos dirección a Valencia, qué no notas que por allí está saliendo el Sol!". -"¡Te equivocas, es el resplandor de las nubes, lo tenemos justo detrás de nosotros!". Todas estas exclamaciones salieron de las gargantas en tono irritable, y no era para menos, pues al seguir cada uno la trayectoria que creía apropiada cada vez estaban más distanciados unos de otros: la dirección correcta era la que se comentó desde el principio.

Inmersos en una finísima lluvia que calaba hasta los huesos, a excepción de los que llevaban paraguas, los caminantes llegaron por fin a la población de El Toro. Las facciones de la mayoría, denotaba el cansancio acumulado tanto físico cómo psicológico: estaban hartos de andar y sobre todo de andar y no adelantar, ya que en condiciones normales sólo les hubiese costado este tramo un poco más de dos horas. Este handicap supuso para los menos entrenados tomar una decisión un tanto prematura, en cuanto a los propósitos que querían conseguir. Así, éstos, después del almuerzo, eran las 9:30 h. con los pies ardiendo a pesar de las suaves temperaturas, decidieron poner fin a su tronado camino: el árbol dejó caer la fruta madura.

Los cinco supervivientes que quedaron, se enfundaron toda la ropa que llevaban para poder soportar mejor las inclemencias meteorológicas, además de intentar repeler el agua que no cesaba de caer en ningún instante.

Un pequeño tramo de asfalto fue la antesala de un cortafuegos que en alrededor de una hora los situaría a pie de Alcotas, primera población de la provincia de Teruel. A pesar que el frío y el agua seguían con su propósito no consiguieron en ningún momento mermar las ilusiones de los bravos andarines: el fuego interior les abrasaba aun a sabiendas que por delante de ellos les quedaba casi 50 Km. poco menos del ecuador de la prueba.

Una vereda a través de un barranco, usada como vía pecuaria, les llevó a Manzanera; población donde optaron en hincar los dientes y descansar un poco más de lo normal: una hora más o menos.

La lluvia seguía con su empeño de mojar todo cuanto se pusiera a su alcance, dando pie a que los caminantes y los de la "organización" intentaran guarecerse bajo las balconadas de los caserones que se asientan en este pueblo. Arrinconados contra sus paredes, los únicos movimientos que salían de éstos (después de haberse descalzado para que se ventilaran las partes más socarradas) eran las mandíbulas, que no interrumpían por nada y por nadie el vaivén de sus dentaduras.

El final del mal tiempo coincidió con la evaporación de la comida y la hora de partir y, de sufrir... Sufrir lo indecible, porque a partir de aquí, la bandera cambió a color rojo. Ninguno tenía la obligación de esperar a los demás ya que el camino a seguir no tenía ninguna pérdida hasta lo más alto, y la "poca" distancia que quedaba, 30 Km. no representaba ningún obstáculo para la suite y el patrol en proseguir el papel de avituallamiento, tanto para los primeros como para los últimos..

Esto se notó nada más comenzar la "aventura" los integrantes del grupo: los supervivientes y los repescados se pusieron en fila india, pero esta vez, tan distanciados de unos de los otros que la voces se perdían en la nada. Hacía un rato que todos se quejaban de algo: -Me duele el gemelo derecho. -Noto un dolor en las caderas que casi no puedo avanzar. -¿Esto que tengo aquí qué es, es una vena o varices...? No me molesta, pero... -Tengo un sueño que me muero, etc... Todos lloriqueaban, pero todos retomaron el periplo con la misma fuerza que en el comienzo. Incluso dos llegaron a permitirse el lujo de adelantarse (corriendo) un buen cacho para visitar a un amigo en la población de los Ólmos.

¡Estaba claro qué la gente se había picado! puesto que nadie se quería dejar coger por los demás; hasta los dos de la avanzadilla dejaron de enrollarse con su colega para no ser pisoteados por sus "amigos", porque bien cierto es, que si los llegan a pillar, más de uno no hubiera alcanzado la cima por haber derrochado toda su energía en una carcajada...

...La última población, los Olmos, se quedó por fin a las espaldas de todos, al igual que la cifra de los 100 Km.; la lluvia; el duro asfalto; las lamentaciones...; ¿las lamentaciones? ¡No, éstas no!. Éstas se fueron con ellos con cada paso, con cada suspiro y con cada palabra, puesto que el cansancio, las ampollas, los calambres, el dolor de las lesiones crónicas, el sueño y las manías que a esas alturas arrastraban la gran mayoría, no tenían ninguna prisa en abandonarlos, ya que, por mucho que intentaran concentrarse para suplir estos problemas con el poder de la autocuración, ellos no estaban dispuestos a ausentarse de sus "dueños" en ningún momento.Y no era para menos, pues delante de ellos se encontraba la parte más difícil del recorrido, la que llevas más de 105 Km. en las piernas; más de 20 h. sin dormir; donde están los desniveles más pronunciados; donde el estómago no sabe si digiere líquido, comida o un pajarón; donde todos los dolores quieren compartir un trozo de tu cuerpo junto con el otro; donde la mente juega el papel más importante de la película, porque las piernas ya no funcionan ni por inercia; donde la climatología, que siempre es dura allá arriba, no deja que acabes dignamente; donde te quedas aturdido al comprobar como la pista en vez de dirigirse como un hilo al pico de Javalambre, da más vueltas que una peonza, alargando lo que parece a simple vista dos kilómetros en siete; la que... Aún así, había quien se reía de todo esto. -¿Cómo estás?. -Bien. -¿Te encuentras en forma para correr? -Ni mucho menos, ahora mismo voy a mi límite y a esta marcha puedo aguantar hasta arriba, pero si corro no llegaré muy lejos. - ¿Te importa quedarte solo? Me apetece correr una hora. - Por mí te puedes ir sin ningún problema. Y se fue, se esfumó, desapareció como si fuera una persona de otro mundo, como si no tuviera que ver con nada de lo que estaba disputándose allí. Esteban era un marciano, un ser de otro planeta comparándolo con los demás. Un atleta en todas las de la ley, de éstas que, después de su pesada jornada laboral participaba en todas las carreras y pruebas que se le ponían por delante (llegó a terminar siete maratones en catorce meses), ¡vamos que era de otra casta!. Sin embargo, pese a que la corona se la tenía que llevar , sin discusión él, los demás tampoco se quedaban atrás, como Pere ViÇent que a sus 64 años era la segunda vez que participaba en esta prueba.

Todos y cada uno de ellos, se merecían un premio por estar ahí. ¡Pero un premio de verdad! No como el que recibían durante el avance de los últimos siete kilómetros: una estepa donde la mata más alta no sobrepasa el palmo de altura, donde el viento (siempre frío) corre tan libre que azota cualquier parte expuesta del cuerpo, donde lo alcanzable se torna inalcanzable porque cada paso que se da está más lejos el objetivo... en definitiva, un calvario que no se lo desearías ni a tu peor enemigo. Éste junto al ego de derrotar la cifra de 120 Km. en menos de 24 h. para alcanzar la cima más alta de Teruel: el pico Javalambre de 2.020 m. fueron los laureles que recibieron ¡Ah, y la fotografía del grupo!

Esperemos que a la próxima edición nos encontremos todos aquí y algún pringado más...

Texto y fotos: Tomás Serra

 

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