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Como todo organizador de pruebas de este tipo, el mismo
día de la celebración estaba ultimando los preparativos para llevarla
a cabo lo mejor posible, sin embargo, esta labor parecía no acabarse nunca,
ya que cada momento era interrumpida por el típico sonido del teléfono.
El coloquio que manteníamos a través del hilo, a excepción "del de
Valladolid", siempre terminaba en una idéntica pregunta ¿Se anula
la prueba o no? La respuesta que querían encontrar no sé si todos coincidirían
en la misma...... No obstante, muy a pesar de algunos,
todos hallaron la idéntica respuesta, un no rotundo.
Quizá la culpa de dicha afirmación la tenían los propios meteorólogos
por sus estadísticas en aciertos, quizá fue el mismo énfasis
como participante que aunque caigan "chuzos" de punta
intento acabarlas, quizá era el temor de aguarles (nunca mejor
dicho) las ilusiones, pero la primordial contestación a mis
propias conjeturas fue la excepción de las llamadas: la de Javier
"el de Valladolid". Terminado su turno nocturno, cogió
su medio de transporte, una moto, se enfundó una ropa nada apropiada
para protegerse de las inclemencias del tiempo y unas horas
más tarde, echo una "sopa" se presento en mi casa,
después de llamar por teléfono a pocos metros de la misma. ¿Cómo
podía quitarle la ilusión a este chico? No hubiese sido justo.
Cuatro horas más tarde, amenizados por unos gratificantes aplausos
de un eventual público 15 aventureros salían en busca justamente
de eso: aventura.
Aún no llevaban 30 minutos andados, cuando la amenazadora lluvia
que les perseguía desde los mismos comienzos, se desprendía
al vacío para hermanarse con las gotas de humedad que ya se
desprendían de sus cuerpos por el fuerte ritmo que Paco había
impuesto.
Pequeña parada, mochilas fuera y chubasqueros encima. El frescor del agua
se agradecía al tiempo que los llenaba de temores. ¿Cuánto rato los iba
acompañar? Si los que dicen el tiempo por la televisión tenían razón,
sólo unas 24 H. sino la providencia diría. Tres horas más tarde, todavía
tenían las de ganar los de la tele.
En Almedijar, el segundo avituallamiento, a excepción de los
cuatro que salieron corriendo, todos se encontraban bajo cubierto
en la terraza del Albergue la Surera. Unos degustaban unas cocas
caseras (que estaban de buenas), otros se dedicaron a hinchar
sus estómagos con bocadillos, y todos, antes de abandonar este
agradable lugar, se tomaron el café pertinente para aguantar
mejor las horas de oscuridad.
Debido al mal estado del P.R que sale en busca de Algimia de
Almonacid, la organización trazó el recorrido por una pista
que llevaba al mismo lugar, recortándola en diferentes puntos
para mantener la misma distancia. El desnivel, muy acusado al
principio, hizo mella en más de un participante, teniendo que
esperarlo antes de comenzar la bella bajada hasta dicho pueblo.
Bajar entre los alcornoques en una noche que parecía embrujada,
resultó ser toda una gozada, donde el reflejo de la ocultada
luna se esparcía con la finísima lluvia que los acompañaba.
La niebla y las sombras de los árboles eran el otro compuesto
que regalaba la naturaleza.
Así, bajo estas agradables circunstancias llegaron a Algimia,
Gaibiel y más tarde a Caudiel. A partir de aquí los claros en
el cielo fueron más frecuentes, aunque no las dificultades,
ya que el barro acumulado no favorecía en nada aligerar los
pasos. A este inconveniente se le unía, cada vez con más insistencia
la poca luz de las linternas, sobre todo cuando había que fijarse
bien en qué camino tomar.
A estas alturas, casi el ecuador de la prueba, la potencia de los "focos"
no fue la única que bajó de rendimiento, el primer grupo formado por cuatro
corredores, poco a poco descendieron su ritmo hasta colocarlo al lado
de los rápidos andarines y el tercer grupo compuesto por seis individuos
más, frenaron tanto su marcha que, finalmente, decidieron mirar las estrellas
y descubrir entre ellas alguna que les cediese el deseo de finalizar la
prueba sin más complicaciones: uno de los componentes tuvo un problema
digestivo, y, después de vaciar todos los alimentos que había engullido
(en especial un brazo de gitano), no superaba ni los 2Km/h. Como los astros
no se pusieron de acuerdo, la escoba del grupo
optó por acompañarlo a un lugar bajo techo, hasta que el vehículo de apoyo
lo recogiese.
Desde rutómetro, queremos dar las gracias al buen hacer de las
gentes que llevan el Mas de la Noguera y cómo no, también a
la simpatía de "Ñasco": un participante, que sobre
poder continuar se quedó con el "chaval" para hacerle
compañía.
La equivocación (por fin) de los meteorólogos y las llanuras
que desde Pina de Montalgrao hasta un poco más allá de la aldea
de la Fuen del Cepo hizo que alguno lo agradeciera, porque otros
en una equivocación perdieron más de una hora, juntándose los
dos equipos de cabeza a partir de Manzanera.
Gracias a que la organización dejaba que retomasen el camino
aquellos que deseaban hacerlo sobre abandonar en alguna parte
del recorrido, Ñasco y Javier (el del brazo de...) se unieron
al cuarteto de corredores, justo en el tramo donde las distancias
parecen no acabarse nunca; un cúmulo de antenas preside el techo
de Javalambre y desde el alto de la Muela, por mucho que andes,
las horas pasan sin que alcances el amasijo de hierros.
Los cansados y reblandecidos pies por la prolongada lluvia, las llagas
en las ingles, por el hecho anterior, y los músculos casi destrozados
por el esfuerzo de superar más de 4000 metros de desnivel acumulado y
cerca de 100 Km. hicieron que los últimos Km. se tornaran aún más difíciles,
retándolos a luchar para alcanzar el viento fresco y limpio, que siempre
corre por el alto de Javalambre.
Finalmente 20 horas más tarde alcanzaron la cima13 de los 15
que tomaron la salida. Enhorabuena a todos ellos por superar
su propio reto.
La confirmación de todos los participantes a la
próxima edición, invita a que tú seas uno más de los atrevidos.
Gracias a que la señalización de este evento, rompe todos
los esquemas hasta ahora en este tipo de pruebas, todo aquél que
quiera entrenar o pasear por el itinerario , podrá hacerlo con sólo
imprimir el rutómetro que se aloja en estas páginas.
Texto y fotos: Tomás Serra
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