EXPERIENCIAS

II Marató i Mitja

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Llevaba cinco horas caminando a un ritmo que ni tan si quiera podía ver el paisaje, el corazón latía a más de 150 pulsaciones, y ante mí se presentaba una pendiente, por suerte corta, de las que debes utilizar las manos para poder superarla. Hora y media más tarde llegaba a mi domicilio deshecho, aunque satisfecho por seguir sin ningún problema el plan de entrenamiento que me fijé, apropiado para la empresa que tenía entre ceja y ceja: la marató i mitja, desde Castellón a Sat Joan de Penyagolosa. Otras marchas como esta, incluso más largas, se fueron acumulando en mis piernas durante los tres meses que restaban hasta el gran día, sin embargo un mes antes de la cita se torcieron todas mis ilusiones: Ciertos "problemillas" familiares, una hemorroide y para rematar una caída con la motocicleta una semana a vista de la citada excursión, hicieron que, la esperanza en rebajar mi propio récord se esfumara como si hubiera sido todo este tiempo un sueño.

Pese a que sabía que no existían milagros, y que el dolor de la rodilla , después de aguantar la pobrecita los más de 230 Kg. de la moto, no se iban a mermar, el día 13 de Mayo a las cinco de la mañana estaba presente como el que más delante del Castalia.

El ambiente era impresionante y, sólo por ver a tanta gente entusiasmada merecía la pena madrugar y ¡cómo no participar y ser partícipe de tanta alegría!.

A la hora pronosticada se dió la salida y todos comenzamos la marcha como si nos hubiesen clavado una aguja en el culo, unos más rápidos que otros, es cierto, pero ninguno quería llegar el último por si le tocaba "pagar".

El grupo que me integré, la mayor parte gente de Alfondeguilla, comenzó a pasar a los que nos precedían sin piedad. Íbamos al paso del carismático Paco (el hombre del paraguas), demasiado rápido para ser los primeros kilómetros, me decía a mi mismo incesantemente, pero aún sobre hacer mis plegarias en voz alta no sirvieron para nada. Fue todo lo contrario. Las palabras paso y hasta luego fueron las únicas que se agazaparon a mi garganta durante los primeros 20 Km. punto donde el grifo que alguien se dejó abierto encima de mi cabeza se cerró por completo, y aunque la gorra seguía empapada, no dejaba caer ni una gota. ¿sería debido a que ya no me quedaba suficiente líquido en el cuerpo o porque tomó el relevo la espalda? Seguramente sería la primera cuestión, puesto que beber por aquel infernal tubo era todo un castigo... Pero tenía mis dudas, pues llevaba el recipiente del agua pinchado y quién sabe exactamente en aquellos momentos en que todas las prendas están humedecidas por el vapor que sale del organismo de donde viene el pequeño caudal; no obstante y como dice el dicho que más vale prevenir que curar, la ingle se vió inundada de vaselina.

A pesar de estas pequeñeces, cada vez estaba más contento, ya que no me dolía absolutamente nada. Por este motivo empecé a aumentar el ya frenético avance, y el trote de las bajadas y planos se sumó a las suaves subidas. La formidable situación se quedó en un simple lapso porque, momentos después, al bajar hacia el barranco de la Viuda, la rodilla explotó de golpe. ¡¡Que rabia!! sin desearlo me convertí en unos minutos de faro a farolillo; aún no había llegado a cruzar el barranco cuando un calambre quiso que me quedara de espectador, otro problema más; un minuto de estiramientos y a reanudar el camino. Mis compañeros prácticamente dejé de divisarlos y todos cuantos adelanté unos instantes antes, también me machacaron psicológicamente...

¡Estaba perdido!. Quedaba más de la mitad de la prueba y ya presentaba graves problemás. La experiencia adquirida por los muchos años de montaña, y la cabezonería, hicieron que me encadenase de nuevo con mis amigos 1 Km. más tarde.

Aunque los dolores fueron en aumento camino de les Useres, la distancia hasta éste se hizo bastante amena gracias a la compañía de los dos que quedaron del grupo, aunque sólo podía aprovecharme de ésta en las subidas, momento que podía darles alcance al no molestarme los calambres.

En el avituallamiento de les Useres,antes de enfrentarnos con la "subidita" que nos esperaba, tomamos una bocanada de aire y algo más... cuatro niños de unos 12 años, también de Alfondeguilla, se unieron a nosotros para llegar al final. ¡Un 10 por la afición!

¡Por fín un descanso para mis magulladas piernas!. ¡¡Ya era hora!!. Durante el primer tramo de esta subida, perdimos a un compañero, y en el segundo perdí al resto. ¡Qué gratitud más grande! además de descolgar a mis amistades, lograbá alcanzar a otros "colegillas" dejándolos con la misma facilidad que les había dado caza.

Arriba la preocupación volvió abrazarme; ¡llegaba la maldita bajada! y con ella, seguramente los calambres. Pero los condenados síntomas no se hicieron esperar, en el mismo llano me quedé dos veces agarrotado. La media kilométrica que conseguí hasta aquí, sabía que iba a caer en redondo, aunque en aquel momento no era mi máxima preocupación, aún quedaban más subidas y con mucha paciencia y un "poco" de sufrimiento podría recuperar parte de ese promedio, siempre y cuando pudiese descender los desniveles negativos que me precedían de alguna forma que no fuese rodando.

Los muros de la Ermita de San Miquel testificaron como vencí a las bajadas. El cuño del control y los zumos que se diseminaron por el interior de mi estómago fueron los otros atributos que formaron parte de la hazaña.

Quería abandonar ¡Ya había hecho bastante para el estado que me encontraba!.¡¡No!! y ¡¡No!! ¡No podía hacerlo! no era propio de mi. Debía continuar hasta que me quedara tan sólo un soplo de aliento. Y así lo hice. Y así me arrepentí, durante muchos kilómetros. Las contracciones musculares se triplicaron y ya no se conformaban con aparecer en los llanos y descensos. Los largos pasos se vieron reducidos al máximo: parecía una geisha. Un sólo obstáculo de 15 cm. de altura era suficiente para tener que bordearlo. Mis manos pasaron de ir al son de la marcha, a viajar encima de los muslos apretando todo lo que podía para que no saltaran estos. Como decía mi nuevo compañero, que andaba más o menos en las mismas condiciones: nuestros tendones están más tensos que las cuerdas de un piano.

Ya no me quedaba solo en las bajadas. Una ayuda moral, aunque tengas las ideas muy claras, no va nada mal, máxime si te quedas sin comida en el cuerpo, como me ocurrio después de vomitar dos veces, ofreciéndote parte de sus reservas. ¡Bien por él!.

Los dos continuamos juntos varios kilómetros más, llegamos a Xodos, nos refrescamos un poquito los gaznates, nos dieron un merecido masaje y a la "carga", a por nuestra recompensa.

Mi estimable compañero quiso tocar el piano con sus piernas, y se quedó para ver si salía alguna nota. Yo me fuí para arriba. Lo abandoné. ¡Con lo bien que se había portado anteriormente!. Es cierto que me dio permiso para ello, pero también es cierto que no tuvo que insistir mucho para conseguir perderme de vista...

En la última gran subida, me pasaron y pasé. Lástima que se acabara tan pronto, porque recuperé parte del tiempo perdido; al fin aprendí a caminar rápido con los pasos cortos.

El siguiente descanso (para muchos) fue toda una prueba de fuego y la bajada final, a "saltitos chiquitines" se hizo más corta de lo que pensaba e incluso los últimos metros de ella, incluida la pista que llevaba a Sant Joan de Penyagolosa, la pude hacer corriendo. ¿Cómo podía ser, con lo mal que estaba? ¿Sería por el masaje que me dieron en Xodos o porque en verdad existen los milagros?.... El tiempo final de la prueba lo rebajé por muy poco, apenas medio minuto respecto al año anterior, pero lo conseguí.

Gracias ha esta marcha he podido sacar dos conclusiones favorables para el resto de mi existencia, la primera: que en la vida hay que luchar hasta el final, hasta que estés seguro que no puedes avanzar más... La otra, que no por ello debes darle la espalda a quién te ha ayudado a conseguirlo por poco tiempo que lo conozcaz. ¡No me lo perdonaré jamás".

Texto: T. Serra

 

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