|
|

II KDD RUTOMETRO-VILLAJOYOSA. Por Luis Chorques
Si hay algo que siempre me acompaña en esta vida, son mis canciones favoritas. The Trooper (Iron Maiden) es la elegida para despertarme todos los días, para lo bueno y para lo malo. En esta mañana de sábado ha sido la melodía que ha puesto la primera pincelada en el lienzo que entre todos hemos pintado y que los amigos de La Vila con su cariño han firmado.
Las bocas se llenan de bizcocho, de pastelillos de todos los sabores, de chocolates, de frutas para los más exigentes, de cálidos tragos de café, de sonrisas, de palabras de bienvenida, de saludos a los viejos amigos y mientras tanto la calle se llena de gélidas gotas de lluvia y el cielo se preña de nubarrones.
Al punto de reunión van llegando cada vez más ciclistas, desde la esquina en la que estoy apoyado me sorprendo al ver como la gente sigue llegando a pesar de las malas condiciones meteorológicas, que nos castigan. Rubén y Víctor, mis dos compañeros de viaje y de club, pululan entre la multitud haciendo acopio de energías, saben que hoy las van a necesitar. La masa humana va creciendo hasta el punto de desprender una energía propia que hace que todo se ponga en marcha.
Policía Local de Villajoyosa nos arropa con su buen hacer y nos conduce por las calles de la localidad, garantizando nuestra seguridad, dando una nota de color a la mañana que comienza con una organización impecable. No hay detalles improvisados, no hay vacilaciones, no hay nada que no esté milimétricamente calculado por tres grandes amigos que han elegido el color naranja de Rutometro.com para vestirse en su segunda gala deportiva.
Una vez que las ruedas caen en su natural elemento, el camino desnudo, son castigadas de forma tortuosa, comienzan a llenarse de un barro mordaz que poco a poco hace que el ritmo se venga abajo y la mañana comience a teñirse de sombría. Pero los cuarenta leones que seguían a los tres anaranjados, se protegían de la incesante lluvia dentro de sus chubasqueros y daban auténticos martillazos a las bielas de sus bicicletas con la intención de remover las ganas de avanzar y de impedir que se atorasen sus monturas con esa diabólica sustancia que estaba por todas partes y que la lluvia alimentaba.
Las primeras subidas no eran nada especiales pero la situación las transformaba en obstáculos duramente superables, que a golpe de gemelos y equilibrio iban quedando a la vista de nuestras mochilas. La gente era consciente de que era una locura estar allí en ese preciso momento pero... una vez tomada la determinación de salir a rodar, había que hacerlo al precio que fuese y con las horquillas por delante. Las ruedas araban los caminos hiriéndolos y desmembrándolos con sus tacos que laceraban todo aquello que se pusiera a su alcance. El barro salpicaba desde las ruedas delanteras a nuestras caras, maquillando nuestros semblantes fríos y rígidos, nublando nuestras gafas, queriendo que diésemos nuestro brazo a torcer y diésemos un golpe a las manetas de freno y dejásemos la impronta de nuestras botas en el barro, era una locura. Hubo momentos para todo, en los que era tal la cantidad de barro que no había forma de avanzar ni siquiera arrastrando las monturas, se habían convertido en rígidos cacharros que eran sacudidos de manera estéril, todos del mismo color, el color de la rabia pues el paisaje nos había engullido y estábamos rodeados por el mar, por la montaña y perdidos en un lugar de rincones bellísimos.
Llegaron las primeras averías y yo veía que la suerte me acompañaba, era otra víctima más de la plaga arcillosa pero mi compañera se dejaba montar y sin demasiados aspavientos me dejaba guiarla. Resueltas las incidencias mecánicas hubo reagrupamiento y los generales se atrincheraron bajo un túnel donde decidieron el nuevo rumbo a seguir por la mesnada. Los jefecillos de los diferentes clanes deportivos que allí estaban congregados dieron su visto bueno y todos y cada uno de nosotros desempolvamos viejas ilusiones y nos dejamos guiar por un nuevo trazado que sin saberlo todavía nos regalaría momentos de mucha dicha y diversión.
Es una lástima que hayamos tenido que desviarnos del trazado original, nos tenía preparados un sinfín de sendas, trialeras para todos aquellos que disfrutan del equilibrio, de la adrenalina sin límites, del dominio de su máquina, caminos que cicatrizan paisajes escondidos, piedras y raíces que nos hubieran hecho disfrutar muchísimo. En ese trazado atávico los almendros leñosos forrados de esas increíbles flores blanquecinas, rosáceas y hasta rojizas alternadas con el brillante verde de sus tiernas hojas hubieran sido los testigos del ascenso por una zigzagueante cuerda desquebrajada, de pendientes vertiginosas y sólo aptas para los más pudientes. Trayectos por sendas secretas que sólo el Fauno padre de las Ninfas pudo con su afán construir en tiempo inmemorables, donde el búho guardián nos hubiera contemplado con sus anaranjados ojos. Hubiésemos podido degustar ambrosías bajo el algarrobo de Diego al tiempo que Neptuno nos hacía un guiño desde la costa, subido a la torre del Charco. 
Pero el generalato, sabio conocedor del entorno y las comarcas aledañas rápidamente rebuscó en sus apuntes de topografía y diseño un trazado en el que pudimos disfrutar tanto o más. Dejando siempre la puerta abierta al retorno y haciendo patente la intención de devolver lo que la lluvia nos robó. La fórmula del triunvirato ha dado resultado nuevamente.
Granate es el carril bici por el que nos deslizamos Apegados y Sincroladores dirección a Finestrat y cansados de escuchar nuestras cadenas y cambios crujir por culpa de la tierra pegajosa que no había como eliminarla. Ambos cruzamos una simple mirada y una sonrisa jovial y a todas vistas pícara, subimos el ritmo para despertar el letargo que parecía haberse implantado en todas y cada una de las ruedas del gran pelotón que parecía estar acabando un curso de como hacer ganchillo sobre dos ruedas. En este alarde de bobería me descolgué con Victor y llegamos al pueblo, donde nos subimos una tierna cuestecilla a modo de bonus track y donde un par de adolescentes sin perlar una triste gota de sudor nos dejaron claro cual era nuestro sitio esa mañana. Que gusto daba verlos revolucionar sus bielas y todavía más placentero verlos bajar derrapando como si fueran especialistas de cine.
El pelotón no tardó en reaccionar y hasta llegar a la Font del Molì nos marcó un ritmo bonito y divertido donde nuevamente los aspirantes a veinteañeros volvieron a dar un golpe de riñón y junto a Rubencito “el nenico” llegaron a la sombra de un avituallamiento que había sido preparado con la sabiduría que los organizadores de este evento saben hacer. No había nada que uno pudiese desear que no estuviese expuesto, no había detalle que descartar. Café caliente para todos, agua a borbotones, frutas, fotos de grupo e individuales para que no falten recuerdos y risitas al recordar la mañana, palabras de aliento y lo mejor de todo, había dejado de llover porque no estaban dispuestos a dejar que la “coca” se estropeara por culpa del agua.
Minutos de descanso en los que pude ir entablando conversación con gente muy interesante a la que espero visitar en breve y con la que poder estrechar lazos deportivos y de buena mesa, con la que tengo mucho que aprender y disfrutar, con la que me esperan muchos kilómetros de camino hacia el futuro. Tuve que despojarme el chubasquero y sentí el frío y húmedo sudor que había ido acumulando sin darme cuenta desde que arrancamos el rebaño en el túnel. Igual que yo, todos se arremolinaban como si fueran palomas en un parque a la hora de la merienda. Fraguando rutas futuras, preguntándose como sería lo que nos esperaba después de tan calórico aperitivo y disfrutando del ambiente que era magnífico. Algunas voces clamaron lo que yo estaba pensando pero a lo que no encontraba solución, estaba empapado en sudor y había que seguir a contra viento, pero allí estaba mi salvadora, una heroína, una chica gentil y rebosante de compañerismo que me dejó una chaquetilla azul que me devolvió la vida como los rallos del sol a los reptiles cuando el inverno se va despidiendo. ¡Gracias, Hellen! siempre has hecho callada gala de lo grande que eres como mujer y como ciclista, pero desde el momento que abriste la cremallera de tu bolsa bajo el sillín has pasado a ser mi heroína.
Hubo ratos de charleta con Juan Ramón de Benidorm, con Pepe Rush, con elSecuaz, con tantos y tantos nuevos compañeros que los kilómetros pasaban sin hacer mella en el tiempo, íbamos dirección a los Castellets y habíamos olvidado el atascado comienzo del día y los rictus eran de ánimo, se habían transformado, guardando la careta de la tragedia y colocándose la de comedia. La ruta había tomado un color muy bueno, los negros caminos asfaltados pronto pasaron a formar parte del pasado y nos adentramos por caminos divertidísimos con alguna que otra cuesta abajo que aceleraron los bujes y las cabrillas volvían a saltar y a realizar sus mejores cabriolas por tierras alicantinas, subían por donde hiciera falta y saludamos a las liebres y pajarillos que estaban expectantes ante semejante comitiva, compuesta por toda una legión de ciclistas de montaña en su salsa.
Durante toda la mañana pudimos sentir la cercanía de los vehículos de apoyo que no bajaban la guardia, siempre pendientes de las necesidades que pudieran surgir y obligando a los obturadores a trabajar duro. Creo que han sido uno de los varios pilares básicos de la concentración, entre los que nuestro gran Miquel junto a su familia al pleno han dado un toque de simpatía.
Vamos acabando la mecha de este bombazo y Policía Local nos escolta hasta el Paraíso. Allí a golpe de euro, dejamos impecables nuestras revoltosas y juguetonas bicicletas y como si lo hubiésemos hecho toda la vida en escasos minutos organizamos una cadena de lavado donde cada uno teníamos un sitio asignado. Lleno de barro dejamos el lavadero de la estación de servicio y siguiendo los destellos de la señalización especial de los vehículos oficiales llegamos hasta la puerta del Club de Judo de Villajoyosa donde al desmontar pedí a mi tocayo que sujetara la mondraker y arrodillándome lentamente besé el suelo que en ningún momento sintió mi aterida piel.
Queríamos guardar los arreos en los coches y salir corriendo hacia las duchas pero el espectáculo no había finalizado. Diego, Felipe, Toni y todos su amigos y familiares nos regalaron agradecimientos entrañables, camisetas para todos y cada uno de los allí presentes y de forma imprevista hicieron entrega de unos bellos trofeos a los representantes de cada uno de los clubes que allí nos habíamos congregado esa mañana para ser conducidos por los chicos de Rutometro.com. Abrazos, apretones de manos y entrañables despedidas fueron el penúltimo escalón.
El último esfuerzo fue en una esquina en la que se podía leer: Bar “Mi Bar”, allí tuvimos que apretar antebrazos en lugar de los gemelos, templar las dentaduras en lugar de las cadenas, ajustar la zona lumbar en posición perpendicular abandonado la oblicuidad necesaria a la hora de rodar. Allí nos abandonamos en trialeras llenas de tapeo, de aperitivos insalvables, de un terreno regado de fría cerveza y buenos tintos que eran lo menos parecido al barro, los kilómetros habrían envidiado los minutos de fruición, de degustación, de paladeo de placer. Los calambres llegaban a los maseteros, la espuma rubia en las comisuras de los labios disolvía todo clase de terrenos con tomate. Y como colofón en esa ruta gastronómica un arroz que exigía molinillo todo el tiempo para no dejar ni un solo grano de ese oro blanco albufereño sin masticar y sin disfrutar. Que gran etapa, sin duda la mejor de un veintiocho de febrero de dos mil nueve. Entre tanta hermandad llegó la hora de la retirada y todos los embajadores de las tribus llamadas a batalla fueron pasando de manera ordenada haciendo gala de una educación inigualable, invitándonos a próximas contiendas por sus territorios.
Pulso ese botón de mi derecha y escuchando “III” de Led Zeppelin llego a casa donde continuo mi ruta favorita.
Gracias a todos por hacerme sentir tan vuestro.
|
|
|