|
|
I KDD Rutometro – Villajoyosa. Por Luis Chorques
A las 8 en "El Pont".
Villajoyosa, La Vila, La Vila Joiosa, como queramos llamarla es una preciosa villa que adorna el Mediterráneo con su casas de colores asomadas al río Amadorio, con sus rubias arenas, con sus viejas almadrabas llenas de atunes y recuerdos, con su gentes tan risueñas, con el paso de los barquitos pesqueros de viejas cuadernas y amuras adornadas con los nombres de dulcineas amadas. Sus playas y calas hacen que el paseante no deje de volver a ellas, que siempre guarde en su recuerdo esas luces de otoño al atardecer, los cálidos amaneceres veraniegos y el sabor de sus pescados. Desde la playa del Carrichal hasta la Caleta de Finestrat podemos perdernos por lugares increíbles como la playa del Charco, las caletas del Montiboli, la encajada playa de Bon Nou, pasear por la rubia arena del Paraiso, gozar en la cala de los Estudiantes o pescar junto al río Torres. En una caleta que no he nombrado, hace muchos años pude robarle un beso a una bella mozuela que aún hoy ilumina mis días con su sonrisa.
Como suele ser constumbre la noche de antes dejé todo preparado y bien estibado en el interior de mi vieja y fiel compañera, mi furgoneta.
La noche al envolverme con su soledad me trasportó a los muchos recuerdos que tengo de Villajosa, donde me iba a reunir con dos amigos que había conocido unos días antes y que me habían invitado a pedalear con ellos por tierras alicantinas. Una vez localizado el punto de encuentro dejé mi bici acariciando el frío carbono de una de las dos que estaban apoyadas en la puerta de "El Pont" y tras los cristales estaban Diego y Toni, dos grandes sonrisas y unos firmes apretones de manos fueron el primer regalo que me hicieron. Tomé un café y cruzamos todo tipo de preguntas básicas para conocernos un poquito y hacer de la mañana un recuerdo imborrable. Me llegaba el aroma del café cuando Felipe abrió la puerta y así fueron llegando el resto de nuestros compañeros.
Una vez puestos los guates, cascos y subidos en las monturas llegó Protección Civil de Villajoyosa y con un despliegue impresionante nos escoltaron por un magnífico carril bici hasta Finestrat. En la vanguardia teníamos un aguerrido uniformado que en su ciclomotor iba cortando el tráfico para que pudieramos pasar sin temor alguno en los cruces y a la retaguardia un vehículo todo terreno con la señalización especial a pleno rendimiento advirtiendo a los usuarios de la vía que un grupo de ciclistas estaba ejerciendo su derecho a circular con tranquilidad con sus vehículos anticontaminantes. Agradecimientos y todo tipo de saludos fueron el pago que hicimos a nuestros anaranjados amigos que con la satisfacción del deber cumplido regresaron a su base para seguir con sus labores.
Los primeros kilómetros fueron entretenidos porque la subida dejaba lugar para la contemplación y la charleta, pero para poder parar en La Carrasca a descansar un poco y tomar un bocado, hubo que subir y subir de forma que las gotas de sudor no cesaron de perlar nuestras frentes, donde las ruedas pudieron gozar de su elemento rural y las piedras y raíces nos recordaban lo bien que lo estabamos pasando. Poder contemplar el mar desde esas alturas fue algo nuevo para mí, siempre había recorrido la lengua de mar y no había pisado jamás el interior montañoso de la comarca.
Una vez reunidos todos a la vera de la casona llamada "La Carrasca" los lugareños nos mostraron cual era la diferencia entre unas setas buenas y otras no tan buenas. Hubo estiramientos, plátanos, fotos desde todos los ángulos y creo que hasta surgió el amor, Diego le pidió la mano a "Melendi" y como dote le ofreció un par de buenos hongos. Los alientos volvieron a la normalidad pero las retinas crujían y crujían intentando encajar la belleza del valle que teníamos frente a nosotros. Tenía sus laderas abruptas, aterrazadas con almendros y algarrobos de tallas poco habituales, todo tipo de arbustos aromáticos, siendo los tomillos en flor lo que más marcaron ese lugar en mi recuerdo.
Al poco de ajustar las calas en los pedales, el terreno nos obligó a descabalgar y subir una trecho de sendero con las bicis al hombro. Allí nos cruzamos con unas senderistas y su perrito. Al poner las ruedas en posición, nuestro camino fue una senda muy estrechita alfombrada por espartos, romeros y tomillos, que no dejaba de retorcerse como una culebra. Sus curvas eran deliciosas, pequeños surcos suavizados por el paso de las negras cubiertas hacían que ese tramo de la ruta se hiciera rapidísimo.
Fue una pena que acabara tan pronto, a continuación descendimos por una pista algo estropeadilla y conectamos nuevamente con unas sendas muy rápidas en algunos tramos y escalonadas en otros. Gustosamente puse "el culico pa'trás" y me dejé llevar, lo pasé francamente bien a pesar de no ser mi elemento favorito. Se fueron alternando varias sendas de considerable longitud y la mañana se convirtió en una frenética secuencia de frenadas, virajes, saltos y bajadas de la bici para no caerme y tener algo que lamentar. En una curva pude ver un madroño que a lo lejos pensaba que era un mandarino pero al faltar escasos metros pude corroborar que ese madroño era el más alto de su casa y tenía los frutos rojos como el fuego de Pedro Botero. Tuve tiempo de ir observando rincones en los que el tiempo debía de pasar muy despacio, donde un tapizado herbáceo lo cubría todo con su brillante verdor, creando una atmósfera inigualable. En otro de estos tramos estaban recogiendo olivas y aún permanecían tendidas las redes en las que caen los frutos de esos gigantes que llamamos, olivos. Justo al pasar ese tramo, Diego se apretó al cuadro de su bici y subió una divertidísima cuesta quebrada por las lluvias.
A lo largo de la mañana Toni y Diego nos fueron mimando a todos y cada uno de nosotros con su compañía, mostrándonos su saber, haciendo que nadie se puediera sentir ajeno al grupo y sin darse cuenta fueron haciendo que el germen de la camaradería y la hermandad calara en todos los que esa mañana levantábamos el polvo a espaldas del Puig Campana. Yo no dejaba de mirar a las alturas en busca del gigante que según la leyenda horadó esa montaña, pero no tuve suerte, seguro que estaría con su bici trotando por Aitana junto a su amada.
Llegando al final de nuestro periplo pasamos sobre el Amadorio y pude fotografiar ese bello rincón que tantas veces he contemplado desde el semáforo del puente en mis idas y venidas diarias allá por la década de los años noventa. Sorteando algunas calles, acabamos la mañana en el Club de Judo donde las esposas de nuestros anfitriones habían preparado un maravilloso ágape que fue delicadamente exterminado. Poco a poco nos fuimos desintegrando como grupo y tornando a nuestros hogares con una inmejorable jornada de ciclismo de montaña a nuestras espaldas, digna de ser recordada y contada a nuestros amigos y compañeros de deporte nuevamente con personas tan humanas.
|
|
|