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Experiencias >> Luis Chorques >> Trío de Reyes Trío de Reyes
Gracias a las nuevas tecnologías, estaba charlando un rato desde mi portátil, con mi buen amigo y desde hace unos meses, compañero de aventuras, Toni. Y entre banalidades y formalismos no sé como pero... surgió el comentario en el que el manchego me invitaba a modo de provocación y duelo a una ruta en la que el objetivo sería ir preparando el recorrido de la segunda convocatoria de Rutómetro-Villajoyosa, prevista para el último sábado de febrero. Claro está que... Toni, no conocía mi faceta de viajero indómito y a los pocos minutos ya estábamos concretando la hora y el lugar de encuentro para rodar unas horas por la sierra. Que sería en muy pocas horas, a pesar de los más de cien kilómetros que nos separan. Llegada la mañana del día seis de enero, a las ocho y algunos minutos, los tres reyes del ciclismo de montaña, desayunaban en una cafetería de Villajoyosa comentando el itinerario a seguir. Pensaron que tal vez al madrugar tanto podrían encontrarse con los tres Reyes Magos de oriente, que estarían de regreso tras una noche de duro trabajo, pero no fue el caso. Sólo pudieron seguir el rastro de las pezuñas que sus camellos y pajes habían dejado en el fino polvo de los caminos y alguna que otra bosta. Creo que esta vez sólo rodamos unos cincuenta metros por vía asfaltada y de repente saltamos a uno huertos aterrazados. Por un túnel del tiempo dejamos atrás la costa urbanizada y turística para adentrarnos en la sierra más bonita que uno pueda desear en una mañana de invierno. El esparto todavía estaba verde y espeso, luciendo un brillo especial que le daba el rocío de la mañana, el verde de los pinos tampoco era el habitual, desfilaban con un húmedo tono que los distinguía y los vestía, dando un porte majestuoso y regio a sus agujas. Los algarrobos tenían sus troncos negros mojados, sus ramas nudosas llenas de recuerdos por las flores que marchitaron en otoño y deseosas de dar cobijo a las abejas y libadores nuevamente. Los almendros añejos y nudosos, soñaban con poder llenar sus leñas de nuevas yemas y azahares en la próxima primavera. Los charcos nos recordaban que también existen los márgenes de los caminos si no queremos lastrar con su frío barro nuestras ruedas. Así fuimos contemplando la sierra a la par que las conversaciones iban saltando de un interlocutor a otro, hasta que se presentó un escandaloso silencio en el que no se escuchaban ni las respiraciones. Íbamos subiendo las primeras rampas que entre curvas de herradura, surcos, piedras, raíces y todo tipo de peraltes enloquecidos, nos obligaban a centrarnos en la faena. Las pendientes no eran muy largas pero si exigentes, donde había que combinar esfuerzo y un poco de habilidad para poder sortear todos los obstáculos que presentaban. Obviamente no iban a ser sólo subidas las que protagonizaran la mañana, hubo tramos en los que decidí replicar el paso de rueda de Toni y no dejarme llevar por la torpeza. Después de cada trialera, Felipe y yo celebrábamos lo bien que lo habíamos hecho y Toni con una suficiencia enmascarada de amistad, nos seguía comentando detalles de la ruta. Hilvanaba en su mente los tramos para que a la hora de pasear por ella fuese de lo más completa y divertida para todos aquellos que la visitaran por primera vez. A lo largo del camino tuve que clavar las calas de mis botas de forma repentina y sujetar las manetas de freno en varias ocasiones, para evitar pasar de largo en tramos en los que las vistas eran grandiosas. Hubo un momento en el que podía divisar a mi derecha Sierra Helada y sobre su lomo se podía ver contrastado el perfil de la ciudad de Benidorm. Apreciándose los dentados rascacielos empujándose unos contra otros y alzándose de puntillas para poder ser el más sobresaliente de todos. Un cielo plúmbeo muy nublado, el azul del mar a ambos flancos y hasta llegar a esa imagen un buen número de pequeñas vaguadas alfombradas de pinos, romeros, algarrobos y toda esa mágica flora mediterránea con la que tanto disfruto en mis excursiones. Tuve que hacer uso de la cámara fotográfica del teléfono móvil y guardar en un rinconcito del mismo un espacio tan grande y bello para poder después sentarme y recordarlo con más detalle y tranquilidad. Hubiese sido un pecado capital pasar por allí y no contemplar durante unos segundos semejante espejismo. Mis otros dos reyes, pero no de oriente, estaban tan acostumbrados a rodar en semejantes escenarios que no sufrían tanto como yo al tener que seguir el camino y dejar atrás esas acuarelas. Así la mañana iba pasando sin darnos cuenta, hasta que en uno de mis atrevimientos culminé el cénit de lo absurdo, acabé sobre un viejo pino entizonado por el fuego y con la bici a modo de manta. Mis compañeros se asustaron al ver lo aparatosa que había sido la caída y el quejido que de forma inconsciente emití al besar el terreno labrado, pero afortunadamente no me hice más que unos leves desajustes en las manetas de freno y en las de los cambios. Por lo demás todo mi cuerpo estaba inmaculado, con la cara tiznada pero en perfectas condiciones para seguir disfrutando de la mañana. Durante un rato creo que anduve algo conmocionado al ver que no había síntomas de futuros cardenales. Así en ese estado de tontería y embeleso, llegamos al cortijo de Diego donde tras unos ajustes de tuercas y un poco de turrón de Alicante, repuse fuerzas junto a mis dos hercúleos compañeros. Las vistas del mar desde esas alturas era algo único e incomparable. Acabado el ágape, iniciamos la senda estrella del día, la senda Diego, que según me contaron unos tímidos elfos que encontré detrás de unos viejos tocones protegidos por unas grandes piedras, fue labrada por un titán conocido por el nombre de McDiego. Dicho personaje mitológico tenía su guarida por esas montañas y un día seguido de sus ninfas decidió abrir camino entre la maleza para que los cazadores no perturbaran la paz de la fauna local. También cuentan que como no se fiaba de los hombres, dejó a uno de sus guardianes oculto, convertido en búho real, para que así le pudiera avisar de todo aquel que se saliera de la senda y profanara los terrenos de Fauno. Disfrutamos de momentos en los que el equilibrio era muy exigente con nosotros, donde algunas ramas te recordaban que no había que abandonar el rastro dejado por el primero de la fila y el terreno se arrugaba y retorcía como los pecados del hombre en su conciencia. Esta senda nos dejó llenos de cansancio y al mismo tiempo hizo que los siguientes kilómetros quedaran desmerecidos, pero pronto comenzó a inundarse el ambiente de un aroma único y muy familiar. Era el aroma de la espuma de mar que se frotaba delicadamente contra las rocas del acantilado trasero de la playa del Charco. Esa fragancia hizo que no necesitásemos ningún tipo de bebida energética para elevar nuestro ritmo y correr hacia la orilla de la playa. Llegamos sedientos de agua salada hasta la Torre del Charco de la que también fui compañero de insomnios durante muchos años y saludándola con una sonrisa y una mirada de cariño, continuamos hacia las arenas del Montiboli. Bajamos la última trialera y atravesamos el complejo hotelero que hay en ese lugar hasta llegar a la playa del Paraíso, por la que pedaleamos cómodamente y desde la enlazamos con la carretera nacional. Al rodar por asfalto dejé descansar mis amortiguadores y le dí trabajo a mi plato grande que llevaba toda la mañana impoluto y aburrido. Le obligué a subirme las pulsaciones en la cuesta que une el Paraíso con Villajoyosa. Reagrupados y contentos de ver lo bien que habíamos rodado y lo rápida que había pasado la mañana, Felipe y Toni eligieron donde sentarnos a degustar unas frías cervezas con sepia al ajillo, cortecitas de cochino a la plancha y unas albondiguillas con guisantes que fueron un remate genial. Llegó el momento de despedirme de Felipe, nos apretamos las manos con firmeza y con unas amplias sonrisas nos emplazamos para vernos otra vez en la ruta que organizará Dani (Pela69) por Los Rodeos de Murcia, a la que ambos asistiremos, él como parte del grupo y un servidor como padrino del guía. A Toni, le acompañé unos metros más hasta los coches, donde hicimos nuestro acostumbrado intercambio de productos fruto del estraperlo. Quiero hacer una mención especial a Toni (Papero) y a Felipe, a quienes desde el día que los conocí no han hecho otra cosa que tratarme como a un viejo amigo. Con el que no han tenido miramientos a la hora de derrochar simpatía, cordialidad, deportividad, respeto, risas, bromas, momentos de buena mesa y muchas cerveza. Gracias Toni, gracias Felipe, por esas rutas tan buenas que hemos compartido. También quiero aprovechar este último párrafo, para saludar a todos y cada uno de los que me han acompañado por tierras alicantinas, pues han demostrado ser unos verdaderos compañeros en todo momento.
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