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Experiencias >> Luis Chorques >> Sierra Helada Subida a Sierra Helada Una vez paladeado el negro y amargo café sin azúcar en "El Pont" y dejado a un lado, junto a la taza, un pequeño bombón, nos levantamos todos y nos enfundamos los guantes, gafas y cascos. Una vez ataviados como la ocasión requería, dimos la primera pedalada de las muchas que esa mañana daríamos por tierras mediterráneas. Para mi, esa ruta no era como cualquier otra, en la que vas descubriendo paisajes, colores y luces, por la que descubres las rodaduras de los lugareños, por la que la vegetación es protagonista de mi disfrute, en la que se pueden saborear los caprichos que el viento, el mar y el sol han moldeado en la orografía de la zona, creando esas maravillosas formas que jamás genio alguno hubiera soñado crear. No, para mi esa ruta fue una retrospectiva de mis recuerdos que iban a ir floreciendo en el jardín de mi memoria al compás de mi paso por ella. Atravesamos Villajoyosa por el paseo marítimo y al pasar junto al puerto no pude dejar de recordar tantos días de temporal, de mala mar, en los que el oleaje tambaleaba todo aquello que flotase y amenazaba con hundir la flota, donde el rugido de la mar al chocar contra la escollera era el más temido canto para armadores y marineros, días en los que la flota pesquera no soltaba amarras, tardes en las que los intrépidos arrastreros que habían desafiado la furia de Neptuno, Eolo y no sé cuantos dioses más, hacían maniobras endiabladas y desesperadas para evitar ir a fondo, deseando llegar al frío hormigón del punto de amarre. También conocí días de buena mar en los que los pescadores lucían sus capturas, seleccionaban en cubierta las especies y con buen humor y canturreos ajaezaban la red, ordenaban las cadenas y apilaban delicadamente la mercancía que en breves minutos los más exigentes restauradores del entorno pujarían en la lonja. Conocí días de todos los colores, pero en los que, yo, siempre estaba allí, pendiente de todos ellos para evitar que lo normal dejase de serlo. Pasear en mi bicicleta acompañado de tan buenos amigos, fue algo que nunca hubiera imaginado, pero el destino así lo quiso y me regaló nuevamente la visión de una bonita "menorquina" que estaban construyendo en los astilleros, a la que estaban ajustando las tapas de sus regalas. Cuando llegamos al alto que hay sobre el río Torres contemplé una de las muchas aberraciones urbanísticas que se erigieron hasta hace poco en el litoral alicantino. Y desde su zona ajardinada comenzamos a saltar por unos escalones rematados con traviesas de madera que zigzagueaban hasta la misma lengua de mar. Nunca había bajado tantos escalones y sinceramente, me resultaron demasiados, pero sirvieron para ir calentando motores. Las cubiertas cambiaron súbitamente el mortero por la fina y dorada arena de la playa, salteada de bolos de todos los tamaños y formas, y decorada con posidonia oceánica en proceso de descomposición, restos de codium bursa e irregular, y colas de padina pavónica. Por la parte trasera del camping Torres nos adentramos en el intrincado laberinto del Raco Conill. Allí las sendas se transformaban en caminos, los caminos por esencia morían a pie de mar, donde tramos tortuosos de bajar hacían las delicias del grupo. No faltaban pequeñas cuestas que ponían a prueba la tensión de las cadenas y calentaban las fibras musculares del algunos jamones. El ritmo en esa parte del trayecto fue distendido, aprovechando para hacernos fotografías que nos recordaran lo bonita que es la luz del sol cuando danza sobre la superficie del mar. Al ver la vieja Caserna, sentí como se me erizaban los pelillos de medio cuerpo y el humor vítreo aumentaba su caudal de forma leve, pero gracias a las oscuras gafas, nadie pudo constatar ese repentino cambio en mi semblante. En esa vieja caserna de carabineros y guardias civiles de costas, era donde subía muchas veces para otear el horizonte en las frías mañanas de invierno e intentaba imaginar como habría sido la vida que llevaron mis compañeros décadas atrás, cuando estaba en pleno auge el mundo del contrabando y las condiciones de vida eran diferentes, soportables únicamente por gentes rudas y resistentes. Recordé las veces que me senté bajo la sombra de ese gigantesco eucalipto para disfrutar de un frugal bocado que me diera aliento para seguir adelante en mi cometido. Llegados al punto en el que se podía ver la cala de Finestrat, bajamos una trialera corta pero muy intensa para mi gusto, que me dejó pensativo, pues hice todo lo contrario de lo que mi razón me dictaba y sin saber como, dejé que las piedras y raíces acariciaran mis ruedas y las guiaran hasta el final de la misma sin ningún tipo de incidencia y con un gran sentimiento de satisfacción al ver que no había sido tan difícil. Allí nos convertimos en un pelotón y hubo que rodar muy despacio porque atravesábamos el mercadillo semanal de la zona y había que respetar la idiosincrasia del momento. Bordeamos la cala y de soslayo me despedía de la playa donde tiempo atrás pude saborear algunos arroces casi celestiales acompañado por un par de ojos que hacían rabiar al mismísimo lucero del alba. Entre cuestas de asfalto y calles atestadas de apartamentos nos embarcamos en el paseo de la playa de poniente de Benidorm, donde escrituré una parcelita urbana que me costó un poco de vergüenza y unos cuantos antiinflamatorios en los días posteriores. Subimos al mirador que hay sobre la playa del Mal-Pas, que parte la costa benidormeña y donde los turistas y enamorados disfrutan haciéndose fotografías. Nosotros no éramos diferentes a todos ellos y aparcamos las glorias sobre las balaustradas y también usamos teléfonos y cámaras para inmortalizar el momento. Hubo que despojarse de las chaquetillas porque la mañana estaba caldeándose y nos quería regalar un toque tostado que poder lucir con orgullo en las tierras interiores de las que procedemos y desterrar nuestra blanca palidez invernal. El paso por la playa de Levante fue dulce como un breve escarceo veraniego y en breves minutos comenzamos el ascenso al mirador de la cruz que está sobre el Rincón de Loix. Allí las piernas estaban templadas y coronar la cruz para poder disfrutar de las vistas sobre la ciudad, donde un sinfín de edificios parecían sembrados junto a la playa, hizo que más de una camiseta comenzara a saborear el salado sudor, pero apenas fueron unas gotitas de nada que se evaporaron mientras comíamos unos plátanos y nos tomábamos unos minutos de tregua. La bajada no tuvo mayor interés, cuestas de rasposo asfalto que amenazaban con mucho tráfico en ambos sentidos. Tras abandonar la urbe, nos colamos en nuestro elemento natural, un espeso pinar bajo que tenía un encanto especial y que iba serpenteando por húmedas sendas resbaladizas y que culebreaban de forma retorcida hasta llegar a los pies del monstruo. Una puerta verde de oxidados barrotes pintados de verde era el inicio del ascenso a los repetidores de Sierra Helada. Como si fuera un canódromo, todos comenzamos el ascenso con los lomos arqueados y llenos de tensión. Desde la primera pedalada supe que subir hasta el pico más alto de esa sierra sería algo inolvidable para todos y que requeriría no sólo de un buen par de piernas sino de una entereza mental que nos permitiera seguir sin abandonarnos a la pereza y poner los pies en el feo pavimento, rindiéndonos, pues nos esperaban desniveles que oscilarían entre el 24 y el 25 por ciento de inclinación, algo que jamás creí que pudiera subir. Detrás de cada curva el desnivel aumentaba de forma brutal y no había tramos en los que poder descansar. Pronto el grupo se deshilachó. Victor y Petenero tomaron las riendas del rebaño y tiraban y tiraban sin mirar atrás. Yo quise mantener un ritmo uniforme y no pensar en otra cosa que no fuera ordenar a mis piernas que siguieran adelante y a mis ojos que vieran lo que vieran no diesen la orden de alto a mi cerebro. Los hectómetros se hacían interminables, el crujir del asfalto al ser arañado por las ruedas era como el tambor de una galera cuando marca el ritmo a los remeros condenados hasta la eternidad. A lo lejos se escuchaba la música que el aguerrido Rubén eligió para que su teléfono móvil le hiciera compañía en su aventura. Hubo un momento en el que pensé que ya quedaba poco para terminar la tortura y poder tirar mi sufrimiento a los pies de las antenas y fue cuando calibré la posibilidad de alcanzar a las dos liebres que me sacaban unos metros de ventaja. Así lo pensé y así lo hice, apreté el ritmo hasta darles alcance. Rodamos unos minutos disfrutando del paisaje pues hasta el momento el único paisaje que se veía era el cielo, por culpa de la inclinación, y el negro curso desmembrado de la vieja carretera. Y a dos cuestas del final, sin estar en el guión de la mañana el amigo de Altea y yo, subimos platos y levantamos los riñones, iniciando una loca carrera en la que las pocas fuerzas que me quedaban se consumieron como la paja en la hoguera. Momento en el que un proyectil vestido de azul nos adelantó por la izquierda, con un ímpetu descabellado, febril y hasta podríamos decir que propio de un ser poseído por alguna vieja gloria del ciclismo, alcanzando la meta escuchando nuestros gritos de apoyo y nuestros jadeos incontrolables. Como si estuviésemos en un tío vivo, comenzamos a pedalear de forma suave y en círculos al pie de la caseta, para evitar que las piernas sufrieran una hecatombe láctica. Poco a poco fueron llegando el resto de los jinetes, quienes con gran entusiasmo habían superado el ascenso de forma íntegra y al ver que se acababa el sufrimiento, comenzaban a esbozar sonrisas que mostraban satisfacción. Todos juntos, Diego, Toni, Victor, Rubén, Conill, Petenero y el que os cuenta esta historieta, sacamos de las mochilas toda clase de aperitivos que entre fotos, alabanzas y gruñidos fuimos comiendo para recuperar fuerzas para la vuelta. Las vistas eran inmejorables y tuvimos la suerte de ver como unos delfines jugueteaban y disfrutaban de la mañana, al tiempo que el faro del Albir nos mandaba guiños para que contemplásemos a su vecino el fenicio Peñón de Ifach. Repuestos del esfuerzo, iniciamos un descenso en el que nadie quería dejarse llevar por la pendiente, pero era imposible sujetar los estribos de las fieras y el resultado fue tristemente un puñado de discos de freno humeantes y malolientes. Fue tan rápido todo que no hubo tiempo de disfrutar del paisaje y las vistas hacia el interior alicantino. Una vez acabada la aventura nos despedimos entre apretones de manos y deseos de volvernos a ver. Los murcianos nos marchamos al faro de babor del puerto para ajusticiar unos bocadillos y aperitivos. Donde mirando al mar y recordando momentos de la mañana, disfrutamos de nuestros almuerzos, saciando y aplacando el griterío que nuestros buches. Y finalmente con el alma y estómagos llenos, regresamos a casa cargados de emociones que contar y momentos inolvidables e irrepetibles.
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