|
![]() |
|||||
|---|---|---|---|---|---|---|
Experiencias >> Luis Chorques >> La novia del Sol La novia del Sol
No dejo de paladear el dulce sabor de la coca mezclada con café caliente, es agradable, hace frío y hay mucha humedad, estamos junto al mar, exactamente en la desembocadura de los ríos Guadalest y Algar. A cada bocado veo llegar coches nuevos y algunos conocidos. Todos prefieren empezar la mañana mordisqueando suave y delicadamente la ofrenda de Petenero. Conill, como un gran anfitrión no deja de corretear entre todos nosotros para que nadie pueda quedarse desatendido y combata el frío y el madrugón con un agradable desayuno al más puro estilo de la comarca. Estoy en Altea, novia del sol, amante del viento, señora del mar y la montaña, refugio de bohemios, inspiración de artistas y de hombres que dejan su vida en cada reglón de sus versos. Lugar en el que la luz del sol guarda sus mejores secretos en los frutos de sus campos, en las tejas de sus casas, en la piel de sus gentes. Altea, en cuyas playas se tienden redes preñadas de vida, donde la bahía siempre ha sido testigo de hombres que amaban la mar, surcándola, plasmándola en sus lienzos, escribiendo sobre ella o simplemente contemplándola. Altea, con encaladas y escalonadas calles empinadas que llevan todas hasta su iglesia, empedradas y conocedoras de su historia, para que al llegar a la plaza de su iglesia sus paseantes puedan tomar un rico zumo de sus naranjas y descansar viendo regresar la flota pesquera camino de la lonja donde entregarán sus tesoros rescatados de los fondos marinos. Comienzo a seguir a mis compañeros y en cuestión de unos minutos me doy cuenta de que estoy circulando por un corredor único, estrecho, flanqueado por muretes de piedra donde los tréboles enarbolan sus amarillas flores por todas partes, los naranjos están plenos de fruta y el cielo plomizo está abarrotado de algodonosas nubes grisáceas que amenazan con mojarnos hasta los huesos. Al empezar desde la misma orilla del mar, el itinerario no puede tener otro perfil que el ascendente. Pronto noto calor y la necesidad de quedarme en manga corta. Finísimas gotas de agua se mezclan con todo lo que mi vista abarca dando un barniz nuevo a la mañana, inundando la atmósfera de un dulce olor a tierra mojada que al besar los troncos y raíces de los pinos se torna mentolado. Subimos y subimos, el batallón se desquebraja un poco y hacemos pequeños altos en los cruces para que nadie se pierda y poder seguir con la armonía reinante. En una de estas esperas, que por cierto son brevísimas de apenas unos segundos, escucho que en breve hay un lugar en el que se recomienda bajar al plato abisal para poder acometer una rota senda. Avisados todos, vamos pendientes del lugar en el que tenemos que maniobrar para gobernar nuestras bicicletas. Allí algunos de los guías autóctonos se posicionan dando ánimos y explicaciones a todos los que vamos llegando al viraje. Yo no soy capaz de arremeter contra la pendiente a la primera porque no he encarado bien la última curva pero espero a que pasen los demás y me sitúo unos metros más atrás, así puedo rectificar a tiempo y divertirme subiendo esa quebrada pedregosa. Al principio me cuesta algo de trabajo mantener el equilibrio porque me deslizo sobre piedras sueltas pero pronto veo que es factible subir de un tirón. Tenso piernas y puños, pongo la vista unos metros por delante de mi rueda y con furia me pongo a pedalear desenfrenadamente pidiendo paso a mis compañeros y buscando por donde encauzar mi rodada para no quedarme en la estacada. Al llegar arriba tengo el pulso bastante alterado pero el orgullo hace que intente disimular mi respiración y aparentar que no ha sido para tanto. Felipe casi me atropella, viene detrás pidiendo paso. Al salir otra vez en dirección al cielo, me doy cuenta de que estoy rodeado de amigos que en pocos meses he tenido la suerte de reclutar, son un batallón de compañeros con los que comparto momentos deportivos, de mesa y de amistad. Entre tantas naranjas me sorprendo, hay dos que se mueven, son Toni y Diego. Que pareja tan entrañable, desde que me saludaron en el Pont una mañana de noviembre hasta ahora no he dejado de pensar en ellos ni un solo día. También veo que hay una sonrisa perenne cerca de mi grupa, es Felipe, que madera tiene, vaya fondo, siempre que lo veo con su bici a mi lado siento que ya no falta nadie. Veo otras caras que se están convirtiendo en una constante, D. Luis “el apegao”, Javier Zaragoza “Conill”, Paco “Petenero”, “Greñas”, mis zagales de la cabra, a los que no puedo hacer otra cosa que regalarles este guiño. Veo que las caras nuevas tienen algo en el fondo que garantizan armonía y creo que no me equivoco. Hoy las grandes novedades son dos compañeras y Modesto, un ciclista con una pierna ortopédica, vaya trío. En ningún momento he podido apreciar diferencias, todos castigamos los caminos de la misma manera, sin tregua. Así... tan bien acompañado escucho a Rubén que me reprende en una de las paradas, me pregunta porqué estoy en el vagón de cola y no en la cabeza tirando a plato mediano como mandan nuestras ordenanzas. Tengo que recordarle cual es el espíritu de su club, el significado de llevar una cabrita tan cerca del pecho, y le recuerdo cual era mi posición una tarde en la que subimos unas mil curvas en Sierra Espuña. La respuesta inmediata es una sonrisa que me pide un sitio en la retaguardia. Así fuimos un rato disfrutando de la compañía. Llega el momento de los amantes del lado oscuro, las trialeras. Aquí me dispongo a contar lo patoso y torpe que soy bajando y dejo claro que mi prioridad es bajar las trialeras andando porque siempre acabo en el suelo de la forma más estúpida e inverosímil. En este tramo de la ruta, efectivamente beso el mantillo, y unas pequeñas erosiones dejan patente que no soy de sangre azul. Mis dos compañeras aprovecharon para adelantarme, bajan mejor que yo, cada día arriesgo menos y me estoy volviendo muy perezoso en esto de bajar por lugares que no son de mi absoluta confianza. Hasta Modesto se permite el lujo de bajar más tiempo que yo montado en ese tramo. Hay un momento en el que Toni se convierte en una avalancha de piedras y tierra, frenando en el momento justo y corrigiendo su trayectoria con precisión quirúrgica. Nos hemos quedado con la boca abierta, vaya par de cataplines que se gasta el manchego. Me estoy divirtiendo mucho y veo que después de una rápida bajada comienza una senda rota, escamada, verrugosa, de rojas tierras, escalonada y muy revuelta. Tengo que apearme un par de veces por culpa de mi falta de tracción y una mano amiga me sujeta el sillín y me da el empuje necesario para arrancar en tan difícil lugar. Nuevamente no puedo dejarme llevar por la dejadez y me propongo acabar esa senda, sea lo larga que sea y me cueste lo que me cueste, tengo suficiente crédito en las piernas y voy a gastar parte de él. Al llegar arriba veo que he tenido que sortear piedras, arbustos, compañeros que se aglutinaban en mitad del camino, piedras que parecían infranqueables, pero compruebo nuevamente que el esfuerzo de los últimos meses está dando sus frutos. Va llegando la hora de comer y no veo a Diegorro ni a Nako, ese par de chotos, están toda la mañana a la vanguardia, tirando del grupo con fuerza y alegría, son una pareja a la que hay que temer. Mientras, el grupo sigue subiendo, no escucho a nadie quejarse, no veo caras de cansancio sólo veo piernas que suben y suben, me sorprendo de la homogeneidad del pelotón. Los paisajes me dejan sin palabras, si estando nublado y con una luz tan pobre son tan grandiosos, como serán esas montañas y esos valles cuando el sol les bese delicadamente desde el amanecer hasta el ocaso. No volver en un día soleado sería pecar de forma blasfema e indecorosa. Entre invernaderos de nísperos, algarrobos jóvenes, almendros nudosos, olivos centenarios tal vez hasta alguno milenario, eucaliptos colosales, toda clase de cítricos, algunos huertos muy esmerados por sus labriegos, pequeñas fuentes y montañas recias y embrujadoras, veo unas casitas enclavadas en unas terrazas adornadas con los más bellos almendros en flor que jamás puedan verse. Hemos llegado a Tárbena. En “Cas Pelus”, acomodamos las bicicletas en la terraza, nos hacemos fotos y raudos nos vamos al comedor donde nos espera lo más ansiado del día, el arroz. Antes nos han servido unas ensaladas, vino con casera, cerveza sin límite y los más ortodoxos se decantan por el agua mineral. Algunos compañeros optan por despedirse y regresar a sus hogares, pero la mayoría nos enraizamos a las sillas de madera y hasta que no le hemos visto el fondo a dos paellas, no hemos parado de mover los carrillos. Que rico el arroz, como se nota que hay una sabia mano en la cocina que ha sabido combinar el cariño, la veteranía y buen hacer de los fogones a la hora de darnos de comer. El postre ha sido insuperable, sencillo y humilde pero lleno de sabor, hemos tomado: níspero. Las copas de mistela también han tenido una vital importancia, han llenado la mesa de sonrisas y grandilocuencias simpaticonas. Tengo que mendigar un chubasquero, mi chaquetilla está sudada y el tiempo empeora, el viento nos saca los dientes y la lluvia intenta hacernos morder la lona pero Felipe me presta un oscuro impermeable y sigo dando pedales. Este momento después del festín es delicado, las fuerzas comienzan a verse algo mermadas y el viento, sopla y sopla sin dar tregua. Pero no veo a nadie, absolutamente a nadie, que tenga intención de dejar de pedalear. Modesto sigue con ese ritmo tan infernal y las compañeras dejan claro que además de tener las piernas más bonitas son también de las más fuertes, ¡cómo suben, como suben!. Han sido unos kilómetros de asfalto duros y largos por culpa del viento y la digestión pero a la izquierda me dice, el greñas, que está la pista que nos hará acariciar el cielo. Yo sigo el camino dibujado en la montaña y no doy crédito, pienso que me está engañando, tengo la esperanza de que ese camino será el de otra ruta venidera. Pero no, una vez que estamos todos juntos nuevamente veo que tenemos que subirnos todo aquello. En silencio nos conjuramos los de Murcia y Cartagena. Nos proponemos marcar el ritmo y nos alejamos del grupo. Varios amigos de los que nos siguen de cerca son ciclistas de verdad y no de pacotilla como nosotros y creo que están pensando que nos van a ver en alguna curva a mitad de camino con la lengua fuera, el pulso roto y las gafas empañadas. Conocen bien la ruta y saben que hay que dosificar de forma exacta el esfuerzo. Ese mismo pensamiento es el acicate que nos envenena las piernas y los cuatro jinetes del rebaño murciano, decidimos no cejar y mantener el ritmo al precio que sea necesario. Únicamente bajamos plato en un par de ocasiones, el resto del tiempo solo está permitido jugar con los piñones, aunque algunos como Nako hacen magia con ellos. Diegorro y Rubén alternan posiciones y yo mientras tanto voy como los perrillos chicos, ladrándoles, haciéndoles creer que estoy empujando. El desnivel es muy agresivo, después de cada curva vemos que aumenta sin pedir permiso. Voy jugando con la suspensión, en los tramos de hormigonado juego a bloquear todo lo que pueda restarme un sólo “julio”, y en los tramos de tierra irregulares dejo que el balanceo sea quien marque mi ritmo. Estoy entrando en una dinámica de cansancio fuera de lo previsto pero he de seguir a mis correligionarios. Me distancio unos metros pero sigo sacando pecho, todavía siento que queda algo dentro que poder echar a la caldera. En algunas curvas miro hacia abajo para ver por donde van los perseguidores y no consigo verlos, únicamente les escucho. En estratos muy inferiores veo ropas de colorines y escucho el motor de nuestro coche de seguridad. ¡Eureka!, Pedro grita que el castigo ha terminado, noto que se refresca mi ánimo y aprieto mi cuerpo contra la bici dando ese tanto por ciento de fuerza extra a mis piernas y me suben a un cruce donde tengo que estirar hasta las pestañas para evitar sorpresas. Allí va llegando el resto de la expedición y sólo se escuchan adjetivos que definen lo cruel que ha sido ese tramo de nuestro periplo. Los del cuarteto solitario nos felicitamos con miradas de admiración, reconociendo todo el esfuerzo que nos ha costado llegar hasta allí. Escarbo en los bolsillos traseros y saco higos, albaricoques, galletas, algo de turrón y una mandarina, sin dejar de mezclar todo eso con mucha agua, escucho como detallan lo que nos queda. Subo la cremallera del impermeable al máximo y comienzo a bajar, siendo advertido de una gran pared de piedra a mi izquierda que daba la impresión de ser un mural surrealista que algún habitante del casco antiguo de Altea había pintado. En esta bajada no tengo ganas de aprovechar surcos y piedras para dar pequeños saltitos, estoy más pendiente disfrutando los paisajes que del camino en sí. El embalse de Guadalest aparece detrás de una curva, es precioso, parece una pequeña bahía mediterránea, voy bajando despacito para intentar no perder ningún detalle, estoy tan gozoso que he olvidado mi cansancio, ese azul tan brillante del agua contrastado con el explosivo verde de los márgenes hace milagros. Rodamos por su ribera durante unos breves minutos y creo que voy por la orilla del Adriático croata, no se parece en nada al recuerdo que yo tenía de esa zona, al visitar Guadalest y contemplar desde el pueblo el embalse. Hacemos la última parada bajo la inmensa y poderosa presa de contención del embalse, me siento diminuto ante semejante mole, tengo la impresión de que en cualquier momento se puede venir abajo, pero prefiero bromear diciendo que le voy a bajar el sillín a mi bici y me voy a tirar por ella al más puro estilo “Xtreme”. Los kilómetros finales son preciosos, nuevamente voy rodando por huertos, por rincones donde la estratigrafía es caprichosa, donde las ferrosas tierras adornan la montaña y siempre siguiendo el aliento del Guadalest. A veces me bajo y tengo que descubrir la temperatura de sus aguas en mis pies y sobre todo en las cubiertas de mi bici que después de semejante día agradecen mucho un baño en esas aguas. Vamos relajando ánimos y pedaladas, poco a poco voy viendo como somos nuevamente engullidos por la obra del hombre, las casitas de campo y algún que otro chalet van salpimentando ambas orillas, los perros nos salen al encuentro y las chimeneas humean augurando una calida noche a la luz de la lumbre ideal para contar historias de tiempo mejores y dar forma a sueños venideros. Esta vez el sabor de la coca con el café caliente inunda mi boca, seca, pastosa y necesitada de mimos, Toni saca sus delicias y degustando esos caprichos veo que son las cinco de la tarde y que he dejado atrás un largo día de esfuerzo, buen arroz, mejor compañía y un reguero de nuevos amigos con los que poder volver a montar en bicicleta. Conill ha pasado un día muy entretenido al igual que Petenero, no han dejado nada a la improvisación pero tampoco han marcado ninguna pauta de forma rígida su pastoreo ha sido laxativo pero eficaz, muy ameno y en ningún momento nos hemos sentido descarriados, siempre hemos tenido muy buenos pastores que nos han pasturado como lo que somos, un montón de cabras hambrientas de campo y montaña. Los primeros acordes de Smoke on the Water son el fondo sobre el que me despido de todos y marco rumbo a la verdadera “Novia del Sol” en Calpe, mañana será un día de recuerdos y descanso. Gracias a todas y todos.
|
||||||
Copyright © 2001-2009 Ociprac, S.L. Todos los derechos reservados.
Oficina: C/ Castillo, 27. Alfondeguilla (Castellón)
|
||||||