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Experiencias >> Luis Chorques >> Les Champs-Élysées "Les Champs-Élysées"
A duras penas puedo vislumbrar los cuatro dígitos del despertador, pero creo que son las cuatro menos cuarto de la madrugada. No puedo dormir, creo que hay mucha ansiedad acumulada en mi interior. Normalmente soy una piedra en el fondo del río a la hora de visitar a Morfeo, pero cuando tengo que organizar algo que supone satisfacción y responsabilidad a partes iguales suelo pasar la noche anterior cavilando y repasando todos y cada uno de los detalles, para que nada quede en manos de la improvisación ni del olvido. No sé a que hora me habré vuelto a dormir pero puedo asegurar que ha sido muy tarde, demasiado. Alicantinos, tres cabras, mellizos, trabuco, nako, caym y sincrolador. Este era el equipo que se reunió en Ceutí una mañana de domingo para dar rienda suelta a sus fuerzas por lo que un pícaro alicantino acertó llamando “Chorqueferno II”. David resopló enérgicamente e hizo sonar el cuerno de cabra que llevaba sobre el casco y al sonido de tan infernal chirrido comenzaron a girar sobre sus ejes quince pares de ruedas. Los albaricoqueros contemplaban como un grupo de amigos iban saludándose después de un tiempo sin verse, como otros iban conociéndose, pues era la primera vez que se veían; y al mismo tiempo iban madurando sus dulces frutos que más adelante serán la golosina de todo el que pase por la orilla de esos caminos. La huerta era el inicio de esta nueva aventura, que mejor escenario para que todo comenzase, viendo como se alzaba sobre sus cabezas el astro rey. El primer paso fue por una rambla pequeña, llena de cañas, sinuosa y muy breve, en la que vivían hacinados una miríada de conejos y lagartos ocelados (timon lepidus) refugiados en los espesos cañares, matorrales propios de terrenos cenagosos y algún que otro taray. El grupo en esos momentos todavía seguía compacto y fresco, acababan de empolvar sus cubiertas. Seguidamente sortearon uno de los pocos puntos de tráfico rodado que su itinerario tenía incluidos pues para poder enlazar tan bellos parajes tenían que pagar ese agrio peaje, rodar por tramos asfaltados pero con la fortuna de no ser estos muy extensos, hectómetros nada más. Unos divertidos toboganes eran el primer punto en el que las fuerzas habrían de salir de sus escondites. No todos subieron esos terraplenes pues un pequeño desacuerdo a la hora de seguir el trazado hizo que el compacto contingente se disipara por segundos, pero en breve como si un buen perro pastor rondara por las inmediaciones, todos en fila nuevamente se dejaron caer por la rambla que nace en el poblado de las Gachopas. Esta zona es puramente caliza con espesos espartos que decoran los caminos y los montes con sus doradas espigas. A modo de gnomón los viejos olivos les marcaban la hora solar sobre las agrietadas tierras que antaño fueron fértiles y dueñas de buenos cultivos. Los constantes cambios de ritmo aceleraron los alientos y las camisetas de los congregados se humedecieron por primera vez de forma ostensible. Pero todos ellos y ella, eran guerreros curtidos en mil batallas y sabían que eso no era más que un poco de sal y pimienta en la suculenta ruta que les quedaba por delante. El siguiente obstáculo a los tacos de sus cubiertas fue subir unos secos torrentes cuyos lechos estaban plagados de moluscos fosilizados, dando a conocer descaradamente cual fue su origen. Ese tramo gracias a las abundantes lluvias de los últimos meses, estaba decorado de verde y oro como si fuese el traje de un veterano matador cordobés, las iniestas y las retamas se escondían entre las espigas del esparto que estaba presente por todas partes. En su franja superior algunos se pudieron dar cuenta de que el roquedo formaba como una especie de calzada romana pero que curiosamente no dejaba de ser un capricho de la naturaleza. Después de unas transpiraciones aceleradas, algún golpe de riñón y de no pocas pedaladas forzadas, les tocaba relajar horquillas, era el momento de hacer un poco de rodaje por la vía de servicio del trasvase, llenar de aire los pulmones y sorber algunos tragos de líquido. A la sombra del gran pino, doblaron a la derecha por una negra y serpenteante carretera, plantándose de manera presta y ordenada ante la rambla del Cajal. Pensaron que la clepsidra de Cronos se había roto, pues el pétreo cauce estaba lacerado por un hilillo de cristalinas aguas. Estas corrían descaradas entre la gravilla grisácea que salpicaban sus piernas, sus ejes, sus radios. Tramos donde la angustia parecía haber sido la creadora del recorrido de dicho cauce fluvial, que se retorcía y se retorcía, jugando con todo aquel que se atreviese a subir o bajar profanando el silencio y la soledad de tan singular paraje. Las recomendaciones fueron las de la experiencia, no abandonar la corriente de agua, era la mejor forma de seguir la ruta sin poner los pies fuera de los pedales. Disfrutaban todos ante semejante escenario, atónitos al ver que no había barro pegajoso, que las aguas estaban limpias y que en el efímero fondo el agua descansaba sobre lascas de piedra. El gris era el color dominante, los jinetes desentonaban con su amplia gama de colores. Hubo momentos en los que tuvieron que dejarse engullir por túneles excavados por el tiempo, el agua y la escasa dureza de las areniscas. Los meandros iban sucediéndose uno tras otro. En los flancos pudieron observar las cavidades que los abejarucos hicieron en años anteriores y que usaron como nidos tras su migración estacional desde África. Iban disfrutando, todo aquello era lo que habían venido a buscar a esas tierras, lugares indómitos que recodar en el futuro y saborear en el presente. No había mucha dificultad a la hora subir surcando el medio acuático, pero todo tiene su fin y aquello acabó de la peor de las maneras. Una pérfida y rajada senda ascendía violentamente, sacando de punto a todos los que se atrevieron a desafiarla. Nadie fue capaz de hacer cumbre del tirón, todos supieron a que sabían sus áridas y polvorientas tierras, pero tampoco les importó mucho. Con sonrisas en sus rostros y con sus bicicletas cargadas sobre sus lomos fueron subiendo uno a uno hasta puntos donde pudieron volver a retomar el ritmo y seguir en la dirección prevista, hacia delante. Tocaba rodar por pista y algunos acusando el cansancio se dejaron acariciar por el tedio y rodaban a ritmo tranquilo, esperando que entre los pinares les llegara esa energía necesaria para que todo fuese a buen ritmo. Pero no todos se vieron en la misma situación. Los más bizarros cayeron en trance y comenzaron el ascenso del Cajal de manera violenta, agresiva, veloz, desmedida, sin pensar, pedaleando con todas sus fuerzas, buscando la recompensa de ganar terreno sin apenas dejar a las agujas del reloj dar unos pasos hacia oriente. Otros eran como rémoras, iban adheridos a sus compañeros durante todo el trayecto. Así pasaron los kilómetros hasta que llegaron a los pies de una senda que se convertiría en un algaido camino. La dama inglesa comenzó el ascenso de la zigzagueante cuerda pedregosa acompañada del guía autóctono, el bueno de Pepe, quien la fue instruyendo en el arte de tomar curvas ascendentes, en las que el arco de giro era reducido y el radio de dichas curvas era de escasamente un metro y medio. Los demás subían sin dar tregua al descanso, cada uno con un desarrollo diferente pero más o menos llevaban un ritmo muy similar, únicamente hubo un par de señores que como ya era la tónica en esa mañana iban con la lengua sobre el hombro y los pulsímetros apagados. Su objetivo era alejar sus cubiertas lo máximo posible. Todos fueron subiendo y subiendo. Algunos tramos dejaban ver cual era su situación con respecto al paisaje y se sintieron privilegiados y maravillados de poder contemplar aquellas panorámicas tan impresionantes al tiempo que disfrutaban de la ruta. Al acabar la parte más costosa tres de aquellos afortunados se despidieron del grupo y pusieron rumbo a sus casas, tenían obligaciones familiares que atender. Los sobrantes tomaron un rápido avituallamiento y continuaron por aquella senda que nace en el refugio de la Calera de Ricote. Senda en la que tuvieron que extremar el equilibrio pues en algunos tramos era delicada, el exceso de piedras sueltas, su angostura y las abundantes ramas de pino interfiriendo el paso, hacían que una caída se pudiese convertir en una desgracia que lamentar. Pero aquel vigoroso grupo adocenado siguió adelante sin más penas, todos tenían enmarcadas unas hermosas sonrisas en sus sudorosos rostros que ya iban tostándose gracias a ese sol murciano que les estuvo acompañando durante toda la jornada. Después de la tempestad siempre viene la calma. Una confortable pista forestal les obligaba a recuperar el bofe. Enracimados ó más bien apiñados fueron bajando escasos dos kilómetros hasta el abrevadero en el que la magnitud del camino se diluía y se transformaba en un camino lisiado por las lluvias y tortuoso. Disfrutaron acelerando y haciendo que las bieletas y horquillas se ganaran el sueldo. Y sin darse cuenta se vieron dentro de una exquisita bajada por la que unos decidieron no usar sus frenos, sintiendo avalanchas de adrenalina por sus venas, sintiendo como sus ojos se volvían locos escrutando hasta el más mínimo detalle del trazado para poder saborear al máximo aquel manjar. Detrás iban los moderados, que sintiendo el canto de los cucos a su izquierda fueron retorciendo sus cuerpos al ritmo de las raíces, de los aguijarrados salientes, de las sinuosidad de su trazado, de todos esos embudos en los que con sus ruedas traseras araban el terreno. Fue una experiencia inolvidable para todos. Justo al acabar el frenesí del descenso, las pupilas se les dilataron de manera violenta ante la visión que la ruta les tenía preparada. El cicerone tras ver la expectación de sus seguidores se atrevió a dar nombre a los bastos campos plantados de cereales, inundados de gladiolos silvestres, de gamones espigados con sus blancas florecillas, de alfileres amarillos, de espuelas violetas, de tantas y tantas especies silvestres en flor. Los bautizó como “Los Campos Elíseos”. Según la mitología griega, estos campos eran una sección subterránea de los Infiernos, donde las sombras de los hombres virtuosos y los guerreros heroicos llevaban una existencia dichosa y feliz, en medio de paisajes verdes y floridos. Todos hicieron uso de sus cámaras fotográficas, no querían olvidar aquellos parajes tan diferentes a lo que tenían pensado encontrar en esa mañana y dejándose arrastrar por la suave pendiente fueron poco a poco y de uno en uno llegando hasta fuente Caputa. Nuevamente profanaron su pedaleo sobre el oscuro asfalto, pero no les importó, la imagen del agua corriendo por fuente Caputa y el rato que habían rodado por “los campos elíseos” hicieron que perdurase, por ese leve e incómodo tramo, la embriaguez que habían contraído anteriormente. La norma era el cambio de escenario. Acabado el monótono pedaleo carretero se adentraron en lo que los lugareños llamaban el “empedrao”. Un camino labrado para poder llevar a cabo las canalizaciones de agua de ese bello lugar en Nerpio, llamado embalse del Taibilla, que abastece a gran parte de la Región de Murcia. La particularidad que hacía distinto a aquel bulevar era que no estaba embaldosado con areniscas ni con calizas, sino con duros y ariscos guijarros que hicieron temblar las vértebras de todo aquel que no llevase una bicicleta con buenas suspensiones. Se les hizo interminable, el traqueteo agitaba sus cerebros, sus fuerzas, sus ánimos y hasta sus estómagos. Tal fue el centrifugado de tripas, que de manera unánime pararon con la excusa de contemplar las vistas pero lo que hicieron fue saquear las existencias pertrechadas en sus ropas y mochilas. Como buenos hermanos compartieron sus vituallas y variaron sus dietas. Los higos y dátiles fueron los reyes del momento. Con otro poco de agitación llegaron hasta un anónimo viaducto que había perdido uno de sus arcos, posiblemente por haber llegado hasta allí siguiendo el empedrao. Este conjunto de arcos era imponente, su altura sería de unos veinte metros aproximadamente o posiblemente alguno más. Circular por su cómodo lomo fue una increíble experiencia para todos. En este caso si podían mirar hacia abajo, todo el trayecto estaba flanqueado por sólidas barandillas metálicas que daban gran seguridad. A la mitad del paso había que descabalgar para sortear una fuerte cincha metálica que apretaba sin compasión los tirantes que daban fuerza a semejante coloso. Como se divirtieron nuestros protagonistas. La ruta fiel al guión y con un rápido golpe de telón, volvió a mostrarles un nuevo proscenio, en el que los viejos cortijos en ruinas, los campos de almendros de secano, olivos olvidados y castigadas terrazas de piedra, eran los elementos designados para configurar esa franja del homérico viaje. Podían ir siguiendo a su derecha unas deliciosas panorámicas de Yechar, de Mula y de sus campos. Conquistando vaguada tras vaguada y derrapando en el máximo posible de curvas fueron saltando y gastando la mañana hasta llegar a la rambla del Mayés de Ojós. Aquella rambla sirvió de acicate para la mayoría, pues la velocidad volvió a llenar sus rostros de frescura y sabían que estaban muy cerca del final de la etapa. Tímidamente al principio y sin pudores en breve, fueron arando el seco lecho de la rambla que en algunas de sus curvas les escondía pequeñas trampas para los despistados. Pero aquel grupo era conocedor de todos los pecados terrenales y sabían que no se podía bajar la guardia en ningún momento. Morder el polvo de la rambla no estaba incluido en el precio. A la derecha un umbilical camino les conectó con la pista que subía al cerro de la Muela. Sólo era cuestión de pedalear unos pocos minutos más y el sufrimiento se habría extinguido de sus piernas. A ritmo de galeras ascendieron entre pinares hasta lo más alto, donde rebuscaron y ajusticiaron todas y cada una de las calorías que les quedaban. La procesión iba por dentro, algunos cuerpos tenían encendida en su interior una lucecita roja que marcaba fin de las existencias energéticas. Por más que engulleron barritas, frutas y toda clase de potingues sus fuerzas se habían quedado en el viaducto y se negaban a volver. Les quedaba el último rinconcito. El tobogán. Conocieron el significado de atravesar un campo recién labrado y sintieron como una bomba les inyectaba directamente adrenalina en sus cerebros. Acabada la sucesión de peraltes a ambos sentidos, les esperaba la traca final. Todos siguieron el ejemplo de los que llevaban delante y como los proyectiles de un B-52 se fueron desplomando por aquella cuesta que parecía imposible de bajar a lomos de sus hierros. No tenían que tocar los frenos, sólo tenían que sentirse en el ojo de un huracán y dejarse llevar. Al morir la fuerza con la que eran catapultados, no podían borrar una estúpida y perenne sonrisa de sus caras, la sensación imperante en todos ellos era indescriptible, no eran capaces de expresar nada más. Sintieron en sus delicadas narices el aroma fétido de la podredumbre, pasaban bordeando unos corrales de higiene ausente, llenos de montones de brócoli putrefacto, naranjas descompuestas y toda clase de vegetales en descomposición. Como guinda a ese pastelillo hubieron de sortear montones de escombro y vislumbrar toda clase de chatarras amontonadas con su característico color herrumbroso. Ese bodegón era fruto de la dejadez y desdén de algunas explotaciones ganaderas que no dejan de existir y brotar en los lugares menos deseados e insospechados. Pero no les importó, en el fondo estaban oliendo los manjares que una amable nibelunga estaba sacando del horno y emplatando para que cuando dejasen arrumbadas sus bicicletas en el garaje del número siete de Isaac Albéniz, pudieran reír y recordar lo bien que lo habían pasado esa mañana, con un trozo de pastel de cebolla en una mano y una fría cerveza en la otra. Pasaron por la curva del loro. Curioso pajarraco que cuando se percataba de la proximidad de los ciclistas imitaba el sonido de un coche derrapando asustando a todo aquel que no conociese la broma. Esa zona era la conocida como Venta Miguel. Lugar por el que hacía unas horas habían pasado los bizarros ciclistas en busca de kilómetros y sufrimientos. El camino de regreso tuvo una pequeña variante. Al bajar los suavizados lomos del campo de mini-cross abandonado, uno de ellos, que iba en la retaguardia casi toda la mañana se desbocó y galopando sin mucho sentido se alzó hasta llegar a la primera posición y coger el testigo que Caym le entregaba con una sonrisa estudiada. Pepe estaba esperando esa aparición, en ese lugar exactamente nacía una senda abierta por el ahora nuevo guía y que iba subiendo por cúmulos de esquistos desmigados, tapizados de grama espigada y romero en flor. Este ondulante ascenso marcaba el final del esfuerzo. Siempre por la izquierda evitaron algunos socavones y fuera de peligro subieron al plato grande y nuevamente entre los frutales se diluyeron hasta llegar al punto de partida. Ya son muchas las salidas que mi buen amigo y vecino Pepe Abellán y yo llevamos en este último año. Él es un gran conocedor de nuestro entorno más próximo, cada día me enseña nuevos rincones, nuevas sendas, cuestas quebradas y lugares por los que sabe que disfruto mucho con la vegetación, con la orografía, con el paisaje en general. Desde aquí quiero hacerle llegar mi más sincero agradecimiento por todos y cada uno de los minutos que ha pasado a mi lado enseñándome los campos de Ceutí, de Ricote, de Ulea y de tantos y tantos sitios. Gracias Pepe.
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