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Experiencias >> Luis Chorques >> Hadas Blancas

Hadas Blancas

Mirando a través del ventanal de mi salón, caliento mis manos con una bonita taza de café que poco a poco, me devuelve al mundo de los vivos, a cada sorbo mi mirada se pierde en un pensamiento distinto. Algo de pan tostado con aceite de oliva, ayuda a mejorar la situación y el colofón de tan temprano desayuno no podía ser otro que un delicioso zumo de mandarina recién exprimido. Una vez acabado todo, de forma sigilosa y algo litúrgica me enfundo la ropa deportiva y repaso todo lo que tenía previsto para mi nueva aventura. Escuchando a Led Zeppelin voy recortando kilómetros y llego al punto de encuentro.

    Juan Manuel ya nos estaba esperando en la Garapacha cuando llegamos. Una fina lluvia nos enfriaba la cara pero no los ánimos, todos sacamos nuestros chubasqueros y tras ajustar los cierres de ruedas y tijas, hicimos algunos estiramientos y algunos comentarios jocosos buscando las carcajadas fáciles que pudieran disimular nuestros ateridos temblequeos. Y con las cinchas de las mochilas bien ajustadas fuimos diluyéndonos entre las callejuelas de la pedanía. Las casas exhalaban unas blancas y algodonosas columnas de humo. El poder imaginar lo bien que se podría estar sentado junto al hogar de cualquiera de aquellas casonas tan bonitas, hizo que olvidara mi casco en el coche. Una vez cubierta la cabeza con la prenda reglamentaria cubrimos nuestros cuerpos con la fría oscuridad del túnel que hay al final del barranco del mulo. Este túnel es una puerta a otra dimensión, la dimensión del esfuerzo, del jadeo, de la superación y de la frustración. Pero en esta aventura el túnel no fue más que un bonito escenario donde posar con nuestras monturas y desde donde poder observar el bonito valle que muere a espaldas de la Hortichuela.

   A lomos de una de las principales cicatrices de la sierra llegamos al mojón de las cuatro caras donde hicimos un alto y dos fotos. Los cipreses del camino, se convirtieron en testigos de nuestra andadura y el viejo y sólido refugio del mojón nos hizo un guiño augurándonos una divertida y fría mañana al sentir nuestras ruedas pasando por su desnudo y desquiciado portal. Entre risas y chascarrillos caímos al inicio de la senda de la Quimera.

   Una vez sorteados todos los pequeños obstáculos que esta senda brinda a los ciclistas que la visitan, nos reagrupamos en el camino que lleva a la poza Félix y pudimos ver que todas las caras estaban sonrientes y sonrojadas, siendo estos, síntomas de que todo iba a pedir de boca y que debíamos continuar al mismo ritmo. Así llegamos a la entrada de la senda de la fuente. Aquí los frenos sufrieron más, porque es muy rápida en algunos tramos en otros las ruedas se transformaron en arados en un campo de almendros leñosos que nos obligó a gastar alguna que otra caloría más de las previstas. Su tramo final era saltarín y nos llevó de la mano hasta la misma zona de ocio de la Fuente la Higuera. Por una pequeñita senda nos paseamos por entre las cocinas de leña y sorteando unos y saltando otros, bajamos los troncos que hacen de peldaños en la bajada a los pilones de la fuente.

   Hubo un aguerrido técnico mecánico que sacó de su mochila un ladrillo almibarado cuajado de almendras y todo tipo de sustancias nectarinas, propias de la mesa de Zeus en sus banquetes furtivos a faldas del Olimpo. Compartió de buena gana lo que llevaba en el zurrón de nylon y aún pudo guardar una reserva para tiempos difíciles. Las mejillas no cesaron de maniobrar, la fruición y deglución de toda clase de alimentos azucarados era la actividad reina a pesar que no habíamos realizado ningún esfuerzo digno de recordar.

   Las aguas de la fuente nuevamente refrescaron mi garganta y mi espíritu. Aguas que roban el sabor a las raíces de los gigantes que le dan sombra, aguas que dan vida y verdor a las tierras del entorno, aguas que portan la fuerza de la montaña y la dulzura de las florecillas que crecen y se lucen a su alrededor. Aguas en las que no hay pajarillo que no haya hundido su pico para llevar frescura a su nido.

   Mis compañeros pensaban que la tónica que hasta el momento inundaba la ruta era la que seguiría hasta el final del evento, pero llegó el momento en el que algunos no tenían piñones suficientes que subir. Otros buscaban platos de cuatro o cinco dientes para minimizar al máximo sus pedaladas pues el inicio de la senda del Cabezo del Turra tiene un arranque muy traicionero que sólo los que hemos hecho un pacto con el diablo y los que la han subido con anterioridad, podemos saber por donde encauzar la rueda delantera y evitar el abandono de la banda pétrea que permite superarla sin más esfuerzo que el de fijar bien la vista y adelantar el culico un poco.

   A las puertas del refugio las caras ya no eran las mismas, las energías de algunos se vieron algo mermadas pero no extintas y continuamos por una pista forestal que nos condujo siempre cuesta abajo hasta el inicio del camino que nos llevaría a culminar la sierra. En el camino comenté que posiblemente nevaría por encima de la cota, novecientos metros, y que sería un lujo poder ver como nevaba al tiempo que íbamos de ruta. Y como si alguien me hubiera escuchado por ahí arriba, comenzó a caer una finísima llovizna que algunos interpretamos como agua nieve. Muy conformes, nos alegramos con esta leve señal y a modo de recompensa las hadas blancas comenzaron a aparecer de forma muy tímida al principio. Decidí utilizar las propiedades democráticas de un "briefing" a la vera de la senda de la Quimera, que hace de guardiana de la subida al pico más alto y todos y cada uno de mis compañeros decidieron subir.

   Todas las cremalleras estaban al borde del éxtasis, no quedaban prendas de abrigo en las mochilas y algunos muy astutamente nos pusimos un segundo par de guantes para evitar la dureza del gélido viento y la desgarradora humedad de la nieve. Las primeras cuestas parecían impensables para nuestro aguerrido Miguel pero empujado por la magia del momento no cejó en su pedaleo y pudo ir viendo como los copos de nieve iban inundando el paisaje y cuajando las cunetas con un blanco manto que a nuestros ojos era embriagador y deleitante. Todos sonreíamos, expresábamos nuestra admiración a voces y dábamos gracias al creador por semejante experiencia. Era un trance colectivo que nos iba calando las ropas y algo más.

   Pasados los pozos de la nieve, la ventisca nos dejó los a los pies su carta de presentación y comenzó a arreciar, soplando un viento duro como el acero, apedreándonos con copos de nieve que reducían muchísimo la visibilidad pero nosotros seguimos a lo nuestro, sacando dientes y piñones, abordando todos y cada uno de los metros que nos faltaban para poder llegar a nuestro destino como si fuésemos bravos bucaneros de tiempos pasados. En el camino nos cruzamos con varios senderistas que al vernos nos daban su bendición y nos aconsejaban dar media vuelta y escoltarles hasta sus coches, pero como se suele decir, la cabra siempre tira al monte y así lo hicimos. Apretamos los puños de nuestras cabrillas y seguimos ganando terreno.

   Llegados al llano de los enebros, el paisaje había sufrido una metamorfosis, las hadas blancas habían sustituido toda la paleta de colores del lugar por un blanco níveo.

   Aún nos quedaban dos duras rampas que subir pero enjugascados con la nieve y las cámaras de fotos, apenas pudimos apreciar el esfuerzo que en épocas estivales puede llegar a ser cuando poco, extenuante y asfixiante. Nuestras ruedas marcaban el camino en la nieve virgen, era una imagen inolvidable.

   Miguel tiraba de todas sus fuerzas y como un hercúleo titán llegó a lo más alto acompañado de Toni, dejando claro que ni siquiera los adversos elementos podían con él.

    El  pico de la Pila nos devolvió a la realidad y vimos que los termómetros andaban escasos de mercurio, rondaban los cinco grados bajo cero y teníamos que marcharnos pronto de allí. Las bicicletas se habían congelado parcialmente y los frenos necesitaban su tiempo para empezar a rendir debidamente. Muy despacio y agrupados comenzamos el descenso. El frío nos quería partir los cuerpos en mil pedazos y esparcirlos a los pies del camino pero apretando las carnes y no pensando en él, fuimos bajando. En algunos tramos las ruedas deslizaban como si llevaran puestos unos esquís. Antes de iniciar el descenso quedó claro que la bajada por la senda de la Solana era un suicidio y lo dejamos para la próxima odisea.

   Nuestras bocas eran incapaces de pronunciar nada correctamente, se nos había congelado la cara a todos, que risa, parecíamos niños que balbucean sus primeras palabras.

   Teníamos tanta prisa por cambiarnos de ropa, subir a los coches y sentarnos a la mesa en el bar de Pedro "El Pesetas" que pasamos por el refugio del mojón y no fuimos capaces de parar para agradecerle la aventura que nos había regalado. Pero este, acostumbrado a la ingratitud del viajero, decidió seguir en su sitio esperando a cualquier alma que necesitase de su protección.

   En la recta final me desmarqué con Diego y con Toni. El motivo era acabar de forma triunfal y les llevé hasta la iglesia de la Garapacha desde la que nace un pequeño malecón adoquinado bicolor, por donde nos dejamos caer hasta los pies del resto de nuestro grupo que ya estaba abriendo maleteros y tirando los guantes dentro.

   Nuestro buen amigo Pedro se despidió de nosotros y puso rumbo a Cartagena, pero los demás pusimos la línea de crujía en dirección al bar. Allí un singular tabernero al que llaman también Pedro, pero con el añadido de "El Pesetas", entendió que éramos almas necesitadas y a golpe de oreja de cochino a la plancha, montaditos varios y un sinfin de manjares campestres propios de la cocina de su Dolores, fue haciéndonos entrar en calor y devolviendo el color a nuestras desmejoradas mejillas. Las risotadas eran ahogadas con silencios cada vez que llegaba una nueva remesa de viandas y el áspero tiento del vino pasando por nuestras gargantas, volvía a liberar la euforia y la alegría de los comensales. Así permanecimos en estado de gracias hasta llegar a los cafés. Como buenos y educados chicos dimos las gracias de forma redundante al mozo que nos cebó y tras hacernos una foto de recuerdo con él, nos marchamos cada uno a nuestro hogar con el sabor de una buena mañana inmejorable.

   GRACIAS, amigo Pedro Pesetas, porque volver a nuestra casa sin haber pasado por la tuya, hubiera ensombrecido el brillo de una divertida jornada entre amigos.

 

 

 
       
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