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Experiencias >> Luis Chorques >> Del Averno al Barátro

Del Averno al Báratro

 

             

No es una mañana de domingo normal, la luz del sol tiene un tono rojizo, diferente, algo así como si las puertas del infierno estuvieran abiertas y reflejaran el pecaminoso fuego del hombre sobre las nubes, dejando entrever la luz eterna del dolor. Según la cábala esa mañana era la elegida por la profecía que auguraba la reunión de los cuatro jinetes del Apocalipsis con Mefistófeles y algunos ángeles caídos para sembrar el mal, la destrucción, el dolor, el miedo, el sufrimiento, la tortura, el suplicio, la congoja, en definitiva convertir el cauce del Segura y el Valle de Ricote en un calvario.

Mefistófeles (Ángel caído sincrolado, embajador de Satanás, notario entre Fausto y las tinieblas) arrastraba su blanca montura ilicitana hacia la albina cabalgadura recién estrenada por Abraxas ( según tribus benidormeñas, persas y sirias, el más antiguo de los dioses, cuyo nombre está compuesto por las siete letras griegas cuyo valor maligno es igual a los trescientos sesenta y cinco genios que regían cada uno de los días del año). Se estrecharon las manos y con las comisuras labiales llenas de odio y los ojillos medio abiertos, se dispusieron a trotar apaciblemente hacia donde estaban Agramon ( Demonio del miedo, capaz de soldar el alma de un pecador a una caldera de azufre hirviente por toda la eternidad) y Asmodeo ( príncipe de los infiernos ecuatorianos con cabeza de carnero, aliento de fuego y capaz de infringir dolor a lomos de su bayo flaco). El último pecador era Caym ( amo de un infierno, capaz de provocar la desesperación a quienes le escuchan) que como de costumbre llegó tarde a lomos de su BH alazana.

Una vez que las huestes del Mal estaban en desordenada formación comenzó un delirio que les llevaría primeramente por la mota del Segura, donde poco a poco fueron cruzando algunos puentes, algunos de madera otros de metal y el más descomunal de frío hormigón y acero procedente de las fundiciones del maligno Botero. Durante este tramo de su maldita mañana pasaron por el Corredor Verde y vieron cormoranes negros como sus almas, que descansaban en las ramas de álamos despojados de juventud, cazaron garcetas, cigüeñuelas, una pareja de garzas reales, jilgueros, verderoles, ánades verdosas y gorriones testigos del paso de los Omeyas por el Atlas africano. Antes de clavar las herradas cubiertas sobre el frío asfalto pusieron a tono sus monturas a golpe de endiabladas pedaladas incapaces de ser seguidas por alguien que no esté cerca de la perdición.

Entre unas moreras envaradas y muy avejentadas, sobre un meandro del río que había heredado su frescura de las tierras de Ulea y Villanueva, llegaron hasta una de las residencias de verano de Lucifer. Estaban ante el Gurugú, enclave donde Mefistófeles les narró la historia que de generación en generación y con toda la verosimilitud de los tiempos pasados, le habían transmitido sus ancestros. Allí se había escondido de la guerra y buscando la paz y el bien un descarriado descendiente del príncipe Sincrolador. Eligieron ese momento para despedirse de los dos Tureles (ángeles caídos y maldecidos por su capacidad de embuste y engaño) quienes se habían unido al conjunto infernal al divisarlos por tierras pancinas, no pudiendo soportar la necesidad de rendir sus bielas ante semejante congregación. Estos dos ángeles negros motorolizados tenían prisa y tras una foto y unos consejos odiosos se replegaron por la trocha fluvial hacia sus tinieblas, no queriendo subir el acerado ocre que culebreando llegaría al pie de la senda del Martillo.

Subir el Scalextric no fue fácil para nadie, ni siquiera para Caym amo de esos páramos, tampoco Asmodeo lo tuvo cómodo, su montura derrochaba potencia a plato mediano saltando chispas por doquier llegando incluso a la desesperación, haciéndole ésta perder levemente el equilibrio dejando paso a la negra compaña que seguía con ahínco y aflicción aquella angustia que tomaba peraltes desafiantes, dañinos, que negaban las leyes cósmicas y sobre todo la de la gravedad, la vereda se deshacía sobre su eje, pero bajo el signo de Luzbel todos llegaron a su destino jadeantes, humeantes y con los hollares húmedos, las crines sudadas y con los negros pelos cabríos despeinados y mojados. La camarilla coronó en el siguiente orden: Caym, Agramon, Abraxas, Mefistófeles y presionando por detrás Asmadeo. La pena no había acabado. Pista forestal quebrada por rayos tormentosos les seguiría subiendo las pulsaciones al incauto quinteto.

Llegó el momento de bajar al Tártaro por primera vez en la jornada, después de unas cuestas pedregosas y algunas curvas desmembradas y agrietadas nos dejamos imbuir en las profundidades del Averno hasta volver al Segura. Esta senda al infierno fue el disfrute y deleite de unos ángeles de Torre Pacheco en tiempos pasados pero no olvidados. Antes de poner las monturas a abrevar en las verdosas aguas del río, Abraxas alquiló su primera parcelilla, únicamente ensució su capa anaranjada, continuando a la vera de Mefistófeles hasta el puente rojo donde Caronte estaba descansando después de una dura jornada. Una vez traqueteadas las traviesas del puente, recorrimos las estrechas e irregulares calles de la moruna Ojós, donde íncubos y súcubos viven castigados por los excesos incestuosos del pasado. A los ojos de todos ellos trotaron por la calle principal hasta encontrar el primer cementerio. Por la tapia sur del mismo iniciaron una subida breve hasta un pequeño desfiladero que les presentó un antiguo viaducto por el que fueron agonizando en fila de uno. Acabado el paseo por el canalón de cemento una cadena dio comienzo al sendero que bordeaba un cabezo que separa Ricote de Blanca. Pasaron bajo los pétreos anillos que la erosión eólica y la debilidad de las pizarras degradadas en esquistos expuestos a los crueles elementos atmosféricos, testigos del mudo paso del tiempo. Hubo reunión y oteando ambos arcos contemplaron una inmensa falla tectónica erigida a la margen izquierda del río que con el paso de los milenios se ha ido encajando más y más hasta darle la grandiosa apariencia actual.

Segundo descenso, viaje al Orco. Todos los demonios corrieron despavoridos hacia las profundidades por un arrugado ramal que hizo las delicias de Abraxas con su nuevo corcel. Caym sin embargo era un gran conocedor de aquellos vericuetos serranos y dejó un rastro abrasador a su paso fundiendo las más duras rocas magmáticas, salpicando chisporrotazos incandescentes en cada curva, en cada frenada, chirriando de forma brutal, bajaba sumido en un trance habitual en él que produce pavor a todo el que lo contempla. Nuevamente se reunieron en una pista forestal que los llevaría hasta el refugio de la Calera.

Momentos tensos, todos sacaron de sus morrales productos sucedáneos de los que antiguamente se ingerían en aquelarres como aquel. Atrás quedaban los tiempos en los que los pobres mortales ofrecían sus sacrificios humanos y su ofrendas a las negras y tenebrosas deidades para saciar sus hambres de pecado y así poder llevar una existencia medianamente tranquila. Mientras iban cayendo en los coletos unos higos, nueces, turrones y nectarosas albricias, Agramon comenzó a quejarse, no veía la ruta tan infernal como pensaba, pero Caym y Asmodeo le regalaron muchos kilómetros de desenfreno y desequilibrio por la caminata que bordeaba la sierra de Ricote. Como si de un malecón sin orilla se tratara, el abismo iba lamiendo el firme a pocos centímetros de los conciliados. Mefistófeles cerraba la procesión a un ritmo cómodo pero alejado de relajos y ambigúes. Llegados al tercer descenso hacia el abismo, Agramon renovó sus votos de fidelidad y sumisión al mismísimo anticristo que con la piel mesfistotélica le ordenaba doblar el espinazo en su presencia.

Tercer descenso, camino a la perdición. Podían escucharse los alaridos de Caym, Agramon en silencio incendiaba todo lo que toca a su paso con su alazán pardusco, Abraxas fue reducido nuevamente por Asmodeo que loco de ira retorcía curvas y escalones a un ritmo diabólico. Como de costumbre, los demonios más viejos y pesados se vieron relegados a las últimas posiciones. Un incesante zigzag hizo que las ansias volvieran a los blasfemos comulgantes. Saltaron y saltaron, derraparon hasta verse inmersos en el ramblar más lúgubre del día. Les regalaría repechos empinados, antesalas de la última lucha hacia el purgatorio. La subida a la Muela fue espesa pero no imposible, los viejos marcaron su ritmo y los jóvenes difuminaron las tierras sueltas. La perdición les acompañó durantes varias pistas retorcidas que fueron bajadas sin mayor novedad. Pero llegó un momento clave. El cuarto descenso.

Cuarto descenso, el tobogán al Chorqueferno. Pisotearon campos labrados, tierras ganaderas atestadas de los más viles excrementos, tanto de humanos como de sus inmundas reses antes de llegar a él. Cabalgaron por unos peraltes muy entretenidos hasta llegar a la boca del lobo. El tobogán les estaba esperando. Caym y Mefistófeles tomaron la delantera, valientes, negligentes, insensatos, alejados de cualquier cordura, seguidos por Abraxas y Asmodeo, quienes no vacilaron ni un segundo en abandonarse a la velocidad vertiginosa que regalaba el momento, gozando del fresco viento en sus fauces, enfriando sus inyectados ojos, preparando sus piernas para la inquietante cuesta que firmaba el final de ese infierno. Pero hubo un demonio que dudó, Agramon se vio en lo alto del abismo y... dudó, tuvo miedo. El griterío de la jauría demoníaca que le esperaba al otro lado del Chorqueferno fue lo que hizo que este último ángel descarriado soltara las manetas de freno y cayera al vacío sin pensar siquiera lo que estaba haciendo. Cuando subió al margen donde le estaban esperando recibió mordiscos hasta en su orgullo, las mofantes risotadas hirieron su esencia maligna haciéndole espolear su cabalgadura levantando una espesa nube de polvo camino al quinto descenso.

Quinto descenso, llegada al infierno. Ondulantes crestas se postraron al paso de los cinco apocalípticos jinetes, subían y bajaban lamiendo el terreno, jugueteando con las caídas inclinadas de esa escueta franja toboganesca, a la derecha se inició el ascenso más incierto pues no estaba marcado en el suelo, únicamente existía en la mente de Mefistófeles. Un muestrario de agujeros a la derecha y alguna grieta en mitad del camino dieron lugar al final de la cabalgata. Pero antes de sentarse y abandonarse a los placeres de la gula, los dos necios de Ceutí cayeron envueltos en una trampa urdida por los demonios de la lluvia, que a pesar de ser seres de poca monta suelen barruntar pillerías para que los terrenos se hundan sin aviso y ver caer por ellos a los paseantes. Así fue. Sincrolador y su vecino cayeron de forma violenta en esa trampa elaborada días antes. Pero estos dos, tiene muy curtidos y viejos sus cueros y los venden muy caros, tras levantarse de forma enérgica y delirante volvieron a golpear los flancos de sus bestias pardas y las arrestaron cuesta abajo en los dos últimos toboganes.

Sudorosos, cansados, polvorientos y con ganas de maldecir lo acontecido en la jornada, se sentaron a la mesa de Baco quien les robó sus fétidas almas con un festín digno de ser recordado por su avaricia, opulencia y embriaguez.

Allí quedaron cuatro pobres diablos aspirantes a señores de los más profundos infiernos pues Caym prefirió huir a su caverna, pero en el fondo, anhelosos de ser llamados por el Maestro y vivir bajo su cálida y divina luz celestial de la que procedían y habían sido esculpidos en el principio de los tiempos.


 

 

 
       
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